Isabella levantó la mirada.
Durante un segundo pensó en decir la verdad.
Pero algo la detuvo.
No era el momento.
—Están en mi ciudad —respondió suavemente.
Doña Mercedes soltó una pequeña risa.
—Por supuesto.
Se sentó en el sofá.
—Eduardo tendrá que mantenerlos también, supongo.
Justo en ese momento, Eduardo entró en la sala.
—No tengo ningún problema con eso.
Su voz era firme.
Doña Mercedes giró la cabeza.
—Eduardo, necesitamos hablar.
—Ya estamos hablando.
La mujer suspiró con dramatismo.
—Hijo… aún puedes arreglar esto.
Eduardo cruzó los brazos.
—¿Arreglar qué?
—Anular este matrimonio.
El silencio llenó la habitación.
Isabella sintió un nudo en el pecho.
Pero Eduardo no dudó ni un segundo.
—No.
La respuesta fue clara.
Directa.
Definitiva.
Doña Mercedes lo miró como si no reconociera a su propio hijo.
—¿Prefieres elegirla a ella antes que a tu propia familia?
Eduardo respondió con calma.
—Ella es mi familia.
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