Parte 2
Durante varios segundos, Eduardo no dijo nada.
La habitación permanecía en silencio, iluminada únicamente por la luz cálida de la lámpara junto a la cama. Afuera, el viento movía lentamente las hojas de los árboles del jardín.
Isabella mantenía la mirada baja.
Sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía la tela de su blusa abierta.
Eduardo seguía inmóvil.
No era horror lo que había en su rostro.
Era sorpresa.
Una sorpresa profunda.
Porque lo que había visto no tenía nada que ver con lo que había imaginado.
Sobre el pecho de Isabella había varias cicatrices finas, antiguas.
No eran cicatrices de enfermedad.
Parecían heridas que habían sanado hace mucho tiempo.
Eduardo respiró lentamente.
—Isabella… —murmuró con cuidado—. ¿Qué pasó?
Ella cerró los ojos por un instante.
Era el momento que había temido durante años.
—No son lo que todos piensan —susurró finalmente.
Eduardo se acercó un paso.
—Entonces dime la verdad.
Isabella levantó la mirada.
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