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Durante varios segundos, Eduardo no dijo nada.

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—Buenos días, esposa.

Isabella bajó la mirada, todavía sonrojada.

—Buenos días.

Eduardo notó inmediatamente la preocupación en su rostro.

—Estás pensando en mi madre, ¿verdad?

Isabella suspiró suavemente.

—Ella nunca me aceptará.

Eduardo se levantó y caminó hacia la ventana.

Desde allí podía verse toda la hacienda.

Los campos.

Los establos.

Los trabajadores comenzando sus labores.

—Mi madre ha vivido toda su vida creyendo que el dinero decide el valor de las personas.

Se volvió hacia Isabella.

—Pero esta casa ahora también es tu hogar.

Ella no respondió.

Simplemente asintió.

Pero en el fondo sabía que aquello no sería tan fácil.

La llegada inesperada

Tres días después de la boda, el coche negro de Doña Mercedes apareció frente a la hacienda.

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