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Durante varios segundos, Eduardo no dijo nada.

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La mañana siguiente amaneció tranquila en la hacienda Vargas.

El sol iluminaba los extensos jardines, las fuentes de piedra y los caminos de grava que conducían hasta la casa principal.

Pero dentro de la habitación, Isabella despertó con el corazón acelerado.

Durante unos segundos no recordó dónde estaba.

Luego vio el techo alto de la habitación, las cortinas de seda, y a Eduardo dormido a su lado.

Y todo volvió a su memoria.

La boda.

La noche anterior.

El secreto que finalmente había confesado.

Isabella se sentó lentamente en la cama.

Todavía sentía miedo.

No porque Eduardo hubiera reaccionado mal.

Al contrario.

Sus palabras habían sido más amables de lo que ella había imaginado.

Pero ahora quedaba algo mucho más difícil.

La familia de Eduardo.

Doña Mercedes Vargas.

La mujer más orgullosa de toda la región.

La mujer que jamás aceptaría aquella verdad.

Mientras Isabella pensaba en eso, Eduardo abrió los ojos.

La miró en silencio unos segundos.

Luego sonrió.

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