Por eso empezaron los rumores.
La gente hablaba.
Inventaban historias.
Tres padres distintos.
Una vida “desordenada”.
Isabella nunca corrigió esas mentiras.
—Era más fácil dejar que pensaran eso —susurró— que explicar la verdad una y otra vez.
Eduardo bajó la mirada por un momento.
Todo encajaba.
La forma en que Isabella enviaba casi todo su salario.
Su obsesión por ahorrar.
Las llamadas nocturnas que hacía en secreto.
—Trabajé en casas, restaurantes, hoteles —continuó Isabella—. Donde fuera necesario.
—Solo para que ellos pudieran estudiar… comer… y crecer juntos.
Eduardo sintió algo profundo moverse dentro de su pecho.
—¿Y ahora?
Isabella sonrió suavemente.
—Ahora Mateo ya tiene quince años.
—Chucho doce.
—Y Lupita diez.
Sus ojos brillaron.
—Son niños maravillosos.
Eduardo permaneció en silencio unos segundos.
Luego caminó lentamente hacia ella.
Se sentó a su lado.
—Isabella.
Ella levantó la mirada con miedo.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»