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Durante varios segundos, Eduardo no dijo nada.

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Tal vez temía que todo cambiara ahora.

Tal vez temía que él también la juzgara.

Pero Eduardo simplemente tomó su mano.

—Eres la persona más valiente que he conocido.

Isabella se quedó paralizada.

—Yo pensé… que cuando supieras la verdad… te arrepentirías.

Eduardo negó suavemente con la cabeza.

—¿Arrepentirme?

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Ahora te admiro aún más.

Isabella no pudo contener las lágrimas.

Durante años había cargado con aquel secreto sola.

Con vergüenza.

Con miedo.

Y ahora, por primera vez, alguien lo entendía.

Eduardo apretó su mano.

—Escucha bien algo.

Ella levantó los ojos hacia él.

—Mateo, Chucho y Lupita… siguen siendo parte de mi familia.

Isabella parpadeó sorprendida.

—Pero…

—No importa si son tus hijos o tus hermanos.

La voz de Eduardo era firme.

—Desde hoy… también son míos.

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