Ella levantó los ojos.
—Carlos… no hacía falta.
—Sí hacía falta.
Él tomó una tortilla, le puso carne, cebolla y un poco de limón.
Luego se la pasó.
—Empieza.
María dudó un segundo.
Después mordió el taco.
El sabor caliente y recién hecho llenó su boca.
Y de repente sintió algo que no esperaba.
Las lágrimas volvieron.
Carlos fingió no verlo.
Solo pidió otra agua fresca de jamaica para ella.
Los niños comían felices.
Mateo hablaba sin parar.
—Papá, cuando tú no estás la abuela dice que no debemos ensuciar mucho…
María levantó la mirada rápidamente.
Pero Carlos escuchó todo.
No dijo nada.
Solo siguió comiendo.
Cuando terminaron, pagó la cuenta.
No era mucho dinero.
Pero para María significaba algo más grande que el precio de esos tacos.
Era la primera vez en mucho tiempo que alguien pensaba en ella antes que en todos los demás.
El camino de regreso fue tranquilo.
El sol empezaba a bajar sobre las calles de Guadalajara.
Mateo caminaba saltando.
Sofía dormía en brazos de Carlos.
María caminaba a su lado, todavía sin saber qué decir.
Cuando llegaron frente a la casa, ella se detuvo.
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