Carlos miró la mesa.
Las sillas vacías.
Los platos sucios.
Y luego a su esposa, que seguía de pie a su lado sin saber qué hacer.
—Yo creí que cuando no estaba aquí ustedes la trataban como parte de la familia.
Nadie respondió.
—Pero ahora veo que estaba equivocado.
Lucía soltó una risa incómoda.
—Ay, Carlos, tampoco exageres. Solo es comida.
Carlos la miró directo a los ojos.
—No.
Su voz fue baja.
Pero cada palabra golpeó la habitación.
—No es comida.
Es respeto.
Doña Teresa cruzó los brazos.
—María es la que cocina. Es normal que atienda primero a los demás.
Carlos negó lentamente.
—Cocinar no significa quedarse sin comer.
Nadie supo qué decir.
Carlos volvió a mirar a María.
—Vamos.
Ella dudó un segundo.
Luego tomó el suéter que colgaba detrás de la silla.
Mateo saltó emocionado.
—¡Vamos por tacos!
Carlos sonrió un poco.
—Sí.
Tacos.
Abrió la puerta.
El aire caliente de la calle entró a la casa.
Pero antes de salir, Carlos se detuvo otra vez.
Volvió la cabeza hacia el comedor.
Miró a su madre.
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