Mariana leyó sin llorar. Lo peor no fue descubrir la aventura. Lo peor fue entender que Diego había estado actuando en su propia casa, besándola por las mañanas, acompañándola a clínicas, sosteniéndole la mano después de cada tratamiento fallido, mientras por las noches escribía a otra mujer.
Cuando Diego salió de la regadera, la encontró sentada en la cama.
—¿Quién es Tania? —preguntó ella.
Él palideció apenas un segundo. Después quiso sonreír.
—¿De qué hablas, amor?
—De la mujer con la que llevas seis meses acostándote.
Primero negó. Luego minimizó. Después lloró. Finalmente se enojó.
—Estaba cansado, Mariana. Los tratamientos, las deudas, la presión… Tú tampoco entiendes lo que yo vivía.
Ella lo miró como si acabara de verlo por primera vez.
—¿Tú estabas cansado? Yo me inyectaba hormonas todos los días. Yo entraba al quirófano. Yo sangraba. Yo esperaba dos semanas rezando para que una prueba saliera positiva. Y tú estabas cansado.
—Podemos arreglarlo.
—No.
Esa palabra fue una puerta cerrándose.
El divorcio tardó tres meses. Diego intentó presentarse como víctima. Sus abogados insinuaron que Mariana estaba emocionalmente distante, que la infertilidad había dañado el matrimonio, que él buscó consuelo porque ella se volvió fría.
Mariana escuchó todo con las manos apretadas bajo la mesa. Cada frase era una piedra más sobre el pecho.
Dos semanas después de firmar el divorcio, una amiga le mandó una captura: Tania estaba embarazada de ocho semanas.
Las cuentas eran crueles. Diego había embarazado a su amante mientras todavía negociaba el divorcio, mientras sus abogados usaban la supuesta infertilidad de Mariana como arma.
Mariana no gritó. No llamó. No reclamó.
Fue a la cocina, abrió una botella de vino caro que guardaba para una ocasión especial y la vació por el fregadero.
—No me voy a ahogar por él —dijo en voz baja.
Pero todavía faltaba la peor verdad.
Tres meses después, Mariana volvió con su doctora de fertilidad para cerrar ese capítulo. La doctora Patricia Saucedo revisó su expediente con el ceño fruncido. Luego se quitó los lentes.
—Mariana, necesito preguntarte algo. ¿Diego se hizo alguna vez una vasectomía?
Ella soltó una risa seca.
—No. Diego quería hijos. Lo intentamos durante cinco años.
La doctora deslizó un documento sobre el escritorio.
Ahí estaba el nombre de Diego, su fecha de nacimiento, su número de seguro, todo. Vasectomía realizada seis años atrás en una clínica privada de Querétaro. Exitosa. Después, reversión hecha ocho meses antes.
Mariana leyó tres veces. Las letras se le movían.
—Él sabía… —susurró—. Cada tratamiento, cada inyección, cada fracaso… él sabía que no iba a funcionar.
La doctora bajó la mirada.
—Sí.
Ese día Mariana manejó hasta un estacionamiento vacío y se quedó dentro del coche casi una hora, con la lluvia golpeando el parabrisas. No lloró al principio. El dolor era demasiado grande para salir.
Pensó en las agujas, en los moretones, en las pruebas negativas, en Diego abrazándola y diciendo: “Lo intentaremos otra vez”. Pensó en todas las veces que se culpó. En todas las noches que se miró al espejo pensando: “Mi cuerpo no sirve”.
Pero su cuerpo nunca fue el problema.
El problema era el hombre que la había convencido de estar rota para ocultar su cobardía.
Esa noche su amiga Carolina la encontró en la tina, vestida, temblando bajo el agua fría. La sacó, la envolvió en toallas y se sentó con ella en el piso del baño.
—Dime qué pasó.
Mariana apenas pudo hablar.
—Se hizo una vasectomía.
Carolina no dijo nada durante unos segundos. Luego la abrazó con fuerza.
—Entonces no estabas rota, mana. Te rompieron la confianza. Eso es distinto.
Mariana lloró hasta que no le quedó voz.
Los meses siguientes fueron lentos. Terapia los martes y jueves. Caminatas por la colonia Roma. Pan dulce los domingos. Recetas de su madre. Silencios largos. Días buenos y días donde levantarse de la cama parecía una guerra.
Carolina fue quien la obligó a ir a una gala de beneficencia.
—No puedes seguir viviendo entre cobijas y documentales de crímenes —le dijo, sosteniendo un vestido verde esmeralda—. Ponte esto.
—No estoy lista.
—Nadie está listo para volver a vivir. Uno solo sale y aprende.
Mariana fue.
El salón estaba lleno de empresarios, políticos, artistas, señoras con joyas enormes y sonrisas entrenadas. Todos parecían saber quién era ella. Todos parecían compadecerla.
A los cuarenta minutos escapó al balcón.
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