Ahí conoció a Julián Arriaga.
Él estaba mirando la ciudad con un vaso de whisky en la mano. No intentó impresionarla. No preguntó por el divorcio. No le dijo que todo estaría bien. Solo compartió el silencio.
Después de un rato, dijo:
—Las estrellas se ven mejor lejos de la ciudad.
Mariana casi sonrió.
—Nunca he tenido tiempo de ir tan lejos.
—Entonces algún día tienes que ir. Hay lugares donde el cielo parece azúcar sobre terciopelo negro.
Hablaron de pérdidas. De empezar otra vez. De cómo el duelo no avanza en línea recta, sino como las olas: algunos días acaricia, otros días tumba.
—¿Y qué haces cuando te tumba? —preguntó ella.
—Aprendes a flotar —respondió él.
Antes de irse, Julián dejó una tarjeta sobre la baranda.
Mariana no le llamó esa noche.
Le llamó al día siguiente.
La primera cena fue sencilla. La segunda, más larga. La tercera terminó con ella riendo de verdad por primera vez en meses. Julián no la trataba como una mujer dañada ni como un trofeo. La escuchaba. La miraba sin prisa. Cuando ella habló de Diego, de la vasectomía, de los tratamientos, él no intentó salvarla. Solo le creyó.
Eso fue lo que más le conmovió.
Diego se enteró por las revistas de sociedad.
“Julián Arriaga, el soltero más codiciado de México, visto con misteriosa mujer en gala benéfica.”
En la foto, Mariana salía de perfil, con el vestido verde y una sonrisa que a Diego le quemó el pecho.
No debería importarle. Él tenía a Tania. Un hijo en camino. Una vida nueva. Pero la felicidad de Mariana le pareció una ofensa.
Se dijo que no era amor. Era orgullo. Era la rabia de ver que la mujer a la que había querido dejar en ruinas había aprendido a construir sin él.
Empezó a aparecer donde ella iba. Cafeterías. Supermercado. Fuera de su edificio.
Una noche, después de cenar con Julián, Diego los enfrentó en la calle.
—Necesito hablar contigo —dijo, con los ojos rojos—. A solas.
Julián se puso delante.
—Ella no quiere hablar contigo.
—Fui su esposo once años.
Mariana dio un paso al frente.
—Y aun así nunca me conociste.
Diego la miró, herido.
—Lo siento.
—No lo sientes por lo que hiciste. Lo sientes porque ya no puedes esconderlo.
Él bajó la mirada.
—Tuve miedo de ser padre.
—Entonces debiste decirlo. No dejarme destruirme por un sueño que tú saboteaste.
Diego no respondió.
Mariana tomó la mano de Julián y se fue. Esa noche entendió algo: no necesitaba que Diego sufriera para sentirse libre. Solo necesitaba dejar de mirarlo como el centro de su historia.
Seis meses después, Mariana despertó con náuseas.
Compró una prueba de embarazo solo para callar esa pequeña esperanza que no se atrevía a nombrar.
Salieron dos líneas.
Luego otra prueba.
Y otra.
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