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“Contraté una cuidadora, no una madre sufrida”, le dijo el millonario mientras su hijo ardía en fiebre… pero él jamás imaginó que esa mujer estaba a punto de descubrir quién era realmente el padre del niño.

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Él no contestó.

—¡Dígamelo!

Sebastián abrió los ojos. Por primera vez no había arrogancia en su mirada, solo un terror desnudo.

—Es tu hijo, Lucía.

Ella retrocedió como si la hubieran empujado.

—No.

—Mateo es mi hijo.

Y antes de que él pudiera explicar una sola palabra más, desde la puerta se escuchó una voz de mujer.

—No, Sebastián. Ya basta de medias verdades. Yo voy a contarle todo.

PARTE 3

La mujer que apareció en la puerta tenía unos 45 años, el cabello recogido con sencillez y los ojos hinchados de alguien que había llorado demasiado antes de decidirse a entrar. No llevaba joyas ostentosas ni ropa de diseñador como Lucía habría imaginado en una familia millonaria. Vestía pantalón negro, blusa blanca y una carpeta apretada contra el pecho.

—Soy Mariana Aranda —dijo con voz firme—. La hermana de Sebastián.

Lucía no respondió. Sentía que el cuerpo entero le temblaba. Miró a Sebastián, luego a Mariana, luego otra vez la fotografía. El bebé en brazos de ese hombre tenía la misma curva de cejas que Mateo, la misma boca seria cuando se quedaba dormido, el mismo hoyuelo apenas marcado en la barbilla.

—Esto es una mentira —susurró Lucía—. Mateo no puede ser su hijo. Yo… yo conocí a un hombre llamado Daniel.

Sebastián bajó la mirada.

—Yo usé ese nombre.

El aire se volvió insoportable.

Lucía sintió una náusea de rabia.

—¿Qué?

—Hace 9 años, antes de todo esto, yo estaba en Guadalajara cerrando una compra de terrenos. Mi padre acababa de morir. La empresa estaba en guerra con socios que querían hundirnos. Yo vivía rodeado de escoltas, abogados y gente que me odiaba por mi apellido. Una noche fui a un bar pequeño, lejos del hotel. No quería que nadie supiera quién era.

Lucía lo recordaba. Claro que lo recordaba.

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