Ella tenía 20 años, trabajaba sirviendo mesas y estaba huyendo de un padrastro violento que la había echado de casa. Aquel hombre amable le dijo que se llamaba Daniel. La escuchó sin juzgarla, le pagó un taxi cuando la vio llorando en la banqueta y después, durante algunas semanas, se convirtió en el único lugar donde ella no se sentía basura.
Luego desapareció.
Sin despedirse. Sin explicación. Sin saber que ella estaba embarazada.
—Te busqué —dijo Sebastián—, pero tarde. Cuando volví al bar ya no trabajabas ahí. El dueño me dijo que te habías ido a la Ciudad de México. Yo tenía tus primeros nombres, no tus apellidos completos. Y después… me convencí de que había sido una historia breve, una de esas cosas que los cobardes usan para no cargar responsabilidades.
Lucía lo miró con desprecio.
—No me busques lástima.
—No la merezco.
Mariana dio un paso al frente.
—Yo sí la busqué.
Lucía volteó hacia ella.
—¿Usted?
—Cuando Sebastián tuvo el accidente, encontré una caja en su departamento. Había una servilleta con tu nombre, un dibujo que tú le hiciste y una foto de los dos en una feria. Yo sabía que esa mujer había significado algo para él, aunque él siempre fingió que no. Empecé a buscarte porque pensé que tal vez necesitaba cerrar esa herida para querer vivir.
—¿Y me encontró?
Mariana asintió, con lágrimas.
—Hace 4 años.
Lucía sintió que el corazón se le detenía.
—¿Hace 4 años?
—Vivías en Iztapalapa. Mateo tenía 4. Valentina era bebé. Te vi saliendo de una guardería, cansada, pero abrazando a tus hijos como si fueran lo único que te sostuviera. Iba a hablarte, pero escuché que Mateo preguntó por su papá. Tú le dijiste: “No sé dónde está, mi amor, pero no vamos a odiarlo porque odiar pesa mucho”. Me quebré.
Lucía empezó a llorar sin darse cuenta.
—¿Por qué no me dijo nada?
Mariana apretó la carpeta.
—Porque Sebastián estaba destruido, furioso, borracho de dolor. No quería rehabilitarse. No quería vivir. Me dijo que si algún día tenía un hijo, ese niño estaría mejor sin un monstruo como él. Yo cometí el error de creerle. Pensé que proteger a Mateo de su apellido era protegerlo de una familia rota. Te ayudé en silencio. Pagué algunas colegiaturas atrasadas, mandé despensas con una fundación, conseguí que no te desalojaran una vez.
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