Sebastián giró la cara hacia ella.
—No sabe nada de mí.
—Sé que hay gente en hospitales rogando por una oportunidad que usted está tirando a la basura.
—¿Y usted cree que caminar arregla todo? ¿Cree que pararme va a borrar lo que hice?
Lucía respiró hondo.
—¿Qué hizo?
Él tardó demasiado en contestar.
—Alejé a la única persona que intentó salvarme.
—¿Su esposa?
—Mi hermana. Mariana. Después del accidente venía todos los días. Me hablaba de rehabilitación, de esperanza, de familia. Yo la corrí. Le dije que prefería estar muerto antes que escucharla. Le dije que su compasión me daba asco.
Lucía sintió compasión, pero no dejó que suavizara su enojo.
—Entonces llámela.
—No es tan simple.
—Sí lo es. Lo difícil es dejar de usar la culpa como excusa.
Sebastián la miró con algo parecido al miedo.
En ese momento, doña Mercedes entró sin tocar. Traía una carpeta azul.
—Perdón, señor, pero la licenciada Mariana volvió a llamar. Dice que si usted no habla hoy, ella vendrá con el abogado.
Sebastián palideció.
—Dile que no venga.
—También dijo que ya no puede seguir guardando lo de Mateo.
Lucía sintió que el piso se movía bajo sus pies.
—¿Qué tiene que ver mi hijo con su hermana?
Doña Mercedes se quedó congelada. Sebastián cerró los ojos, derrotado.
Lucía tomó la fotografía vieja del buró y la puso frente a él.
—Dígame quién es ese bebé.
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