Lucía llegó al hospital público con Mateo en brazos. Tenía una infección fuerte, pero los médicos pudieron estabilizarlo. Pasó la noche sentada en una silla de plástico, con Valentina dormida sobre sus piernas y la culpa partiéndole la espalda. A las 6 de la mañana, recibió una transferencia bancaria.
Era de Sebastián Aranda.
El concepto decía: “Gastos médicos de Mateo”.
Lucía se quedó mirando la pantalla, confundida y furiosa. ¿Cómo sabía el nombre completo de su hijo si ella apenas lo había mencionado?
Regresó a la mansión con los ojos rojos. Sebastián estaba en su silla de ruedas, junto al ventanal. Tenía el teléfono en la mano y el sobre médico abierto sobre la mesa.
—¿Cómo está? —preguntó él.
—Fuera de peligro.
—Bien.
—¿Por qué mandó dinero?
—Porque lo necesitaba.
—No le pregunté eso. ¿Cómo supo que se llama Mateo? Yo nunca le dije su apellido.
Sebastián cerró los ojos.
—Lucía…
Ella avanzó hacia la mesa. Ahí estaban los resultados: regeneración nerviosa parcial, respuesta muscular significativa, posibilidad alta de recuperar movilidad con terapia intensiva. Lucía leyó cada línea con las manos temblando.
—Usted puede moverse —susurró—. No completamente, pero puede. Y ha estado fingiendo estar peor.
Él no respondió.
—¿Por qué? ¿Por qué haría algo así?
Sebastián soltó una risa amarga.
—Porque hay castigos que uno mismo se impone cuando ya nadie más puede hacerlo.
—Eso no es un castigo. Es cobardía.
La palabra cayó como una bofetada.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»