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“Contraté una cuidadora, no una madre sufrida”, le dijo el millonario mientras su hijo ardía en fiebre… pero él jamás imaginó que esa mujer estaba a punto de descubrir quién era realmente el padre del niño.

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Lucía sintió un nudo en el estómago.

No abrió el sobre. No era suyo. Pero al dejarlo de nuevo, vio una fotografía vieja escondida debajo de unos papeles. En ella aparecía Sebastián años antes, de pie, joven, fuerte, sonriendo junto a una mujer.

Y en sus brazos cargaba a un bebé.

Lucía no entendió por qué el rostro de ese niño le provocó un golpe seco en el pecho.

No podía creer lo que estaba a punto de descubrir.

PARTE 2

Lucía pasó el día siguiente con la fotografía metida en la cabeza como una astilla. No se atrevió a preguntar. Sebastián estaba peor que nunca, como si hubiera notado que ella ya no lo miraba igual.

—¿Qué me ve? —le espetó mientras ella le acomodaba una manta.

—Nada.

—Miente mal.

Lucía apretó los labios. Había aprendido a sobrevivir callando, pero también había aprendido que el silencio podía volverse una cárcel.

Esa tarde, Mateo volvió a empeorar. La vecina, doña Chayo, le mandó un mensaje: “Está ardiendo. Ya no quiere comer”. Lucía pidió permiso para salir antes.

Sebastián la miró desde la cama.

—¿Va a dejarme tirado?

—Mi hijo está enfermo.

—Contraté una cuidadora, no una madre sufrida.

Lucía sintió que algo se le rompía.

—Soy madre antes que cuidadora, señor Aranda. Y si eso le molesta, puede despedirme.

Esperó el insulto. Pero Sebastián no dijo nada. Solo desvió la mirada hacia el ventanal.

—Váyase.

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