—Ahora mismo, si todavía quiere.
La llevó por pasillos de mármol, cuadros enormes y ventanales que daban a un jardín perfecto. Todo en esa casa parecía costar más que la vida entera de Lucía. Pero el lujo olía a encierro.
Al abrir la puerta principal de la recámara, Lucía vio al hombre.
Sebastián Aranda estaba tendido en una cama médica junto a un ventanal inmenso. Tenía 41 años, el rostro afilado, la barba bien cuidada y unos ojos oscuros que no parecían enfermos, sino furiosos. Monitores, medicamentos y aparatos rodeaban su cuerpo inmóvil.
—¿Otra? —dijo él, sin saludar—. Mercedes, ¿las compras por kilo o qué?
Lucía tragó saliva.
—Señor Aranda, ella es Lucía Moreno.
—No me importa cómo se llama. ¿Sabe cambiar sondas? ¿Sabe mover un cuerpo sin lastimarlo? ¿O solo viene a llorar pobreza para que le tenga compasión?
Doña Mercedes se tensó, pero Lucía dio un paso al frente.
—Vengo porque mis hijos necesitan comer. Y porque usted necesita a alguien que no salga corriendo al primer insulto.
Por un segundo, el silencio pesó más que la lluvia.
Sebastián la observó como si hubiera encontrado algo extraño.
—Todas dicen eso.
—Entonces yo lo demostraré.
El trabajo comenzó esa misma tarde. Lucía aprendió a medirle la presión, administrarle medicamentos, darle de comer, acomodar almohadas, cambiar sábanas, limpiar heridas por presión y soportar comentarios crueles sin llorar frente a él.
—No tan fuerte.
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