—Empieza por dejar de mentir.
Sebastián miró el aparato. Durante casi 1 minuto nadie habló. Luego levantó la mano derecha con enorme esfuerzo. Sus dedos, torpes pero vivos, tomaron el teléfono.
Lucía vio el movimiento y sintió otra punzada en el pecho. Había esperanza en ese cuerpo. Había vida. Lo terrible era que él la había enterrado por voluntad propia.
Sebastián marcó al doctor.
—Soy Sebastián Aranda —dijo, con la voz rota—. Acepto el programa de rehabilitación. Sí. Intensivo. Lo antes posible.
Colgó. Después marcó otro número. Mariana contuvo el aliento.
—Perdóname —dijo él apenas escuchó la llamada entrar—. No te estoy llamando para que me salves. Te llamo para decirte que tenías razón. Y para pedirte que, si todavía puedes, camines conmigo mientras intento reparar lo que destruí.
Mariana se cubrió la boca y lloró en silencio.
Lucía no esperó más. Salió de la mansión antes de quebrarse por completo.
Esa noche, al llegar a su cuarto, Mateo estaba despierto. Tenía menos fiebre y sostenía un cochecito sin ruedas.
—Mamá, ¿el señor enfermo te trató mal?
Lucía se sentó a su lado y le acarició el cabello.
—Me trató mal porque estaba muy triste y muy perdido.
—Eso no se vale.
—No, mi amor. No se vale.
Mateo la miró con esa seriedad antigua que a veces tienen los niños pobres.
—¿Va a pedir perdón?
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