Diego carraspeó.
—Yo también, pero quiero que se revise lo económico.
La licenciada Patricia me miró de reojo. Yo no dije nada.
Diego sacó una libreta.
Había anotado cada gasto con una mezquindad vergonzosa: la mitad de una licuadora, unas sábanas, la televisión, 3 recibos de súper, incluso el costo de unas tortas que compró una noche “para los dos”. Exigía que yo le pagara parte de lo que él decía haber invertido y que dejara los muebles en el departamento “porque su mamá no tenía a dónde irse todavía”.
Doña Elvira asentía como reina en tribunal.
—Mi hijo gastó mucho en esa boda —dijo—. Ella no puede irse como si nada.
Mi abogada esperó a que terminaran.
Luego abrió nuestra carpeta.
Primero mostró los comprobantes de mis pagos: depósito de renta, refrigerador, comedor, colchón, servicios. La mayoría estaban a mi nombre. Después mostró las transferencias que Diego hizo a Brenda desde la cuenta común.
El funcionario levantó la vista.
—¿Usted reconoce estas transferencias?
Diego empezó a sudar.
—Eran préstamos.
—Qué curioso —dijo mi abogada—. Porque en los mensajes dice: “Te mando esto antes de que Mariana controle su dinero”. Y también: “Cuando ella entregue su sueldo, ya no vamos a batallar”.
Doña Elvira dejó de asentir.
Después vino el audio.
No fue necesario reproducirlo completo. Bastó escuchar la amenaza del cinturón y las reglas de obediencia para que el ambiente cambiara. El funcionario miró a Diego con una seriedad helada.
—Señor Ramírez, con estos elementos, lo más conveniente para usted es llegar a un acuerdo razonable.
Diego no volvió a mencionar las tortas, las sábanas ni la televisión.
La conciliación terminó con un acuerdo claro: cada quien conservaría lo suyo, Diego devolvería el dinero tomado de la cuenta común y yo retiraría mis pertenencias del departamento en una fecha establecida. La separación legal avanzó rápido porque él entendió que pelear más solo lo expondría.
Cuando salimos del juzgado, doña Elvira intentó alcanzarme en la banqueta.
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