Suspiró profundo, como si hubiera ensayado esas palabras mil veces.
—Yo… solo quiero estar seguro de que sí es mía.
Lo miré fijamente.
Por un segundo, no entendí lo que acababa de decir.
—No es que yo piense… —añadió rápido, elevando la voz—. Es solo que hablaron de fechas y me entró la duda. El año pasado estabas estresada, yo viajaba mucho por el trabajo y…
—¿Estás diciendo que te fui infiel?
—¡Solo quiero estar tranquilo! —explotó—. Quiero una prueba de ADN, antes de que nazca.
Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Negué lentamente con la cabeza.
—Miguel, tengo 35 semanas. Has visto los ultrasonidos. Me ayudaste a elegir su nombre. Armamos la cuna juntos.
Él cruzó los brazos, inexpresivo.
—Si no tuvieras nada que esconder, no estarías tan a la defensiva.
Esas palabras me partieron el corazón como una navaja.
Parpadeé, tratando de reconocer al hombre frente a mí.
No era el Miguel que me sobaba los pies ni el que me llevaba antojitos a medianoche cuando se me antojaba algo dulce.
No era el hombre que me apretaba la mano en cada consulta médica.
Se fue sin decir nada más.
Desde el cuarto lo escuché volver a reír en la sala, como si nada hubiera pasado.
Las botellas chocaban.
El partido seguía.
Me quedé inmóvil sobre la cama, con el vientre pesado de todo: no solo del bebé, sino de sus palabras, de sus dudas, de su traición.
Puse una mano sobre mi panza, como si pudiera protegerla de todo.
Mucho más tarde, cuando por fin el departamento quedó en silencio, Miguel regresó al cuarto.
Yo seguía despierta, con las lágrimas ya secas en las mejillas.
—Miguel —dije en voz baja y temblorosa—, si no confías en mí… ¿por qué sigues conmigo?
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