Me llamo Tomás Red, y a mis setenta y dos años creía que ya nada en este mundo podía sorprenderme.
Había visto caer edificios recién levantados por un error de cálculo. Había visto a hombres pelearse por terrenos como si pelearan por la última botella de agua en el desierto. Había enterrado a mi esposa en vida mucho antes de perderla del todo, porque los últimos años de nuestro matrimonio fueron una costumbre elegante, silenciosa y vacía, sostenida por cenas finas, sonrisas para la sociedad y cuentas bancarias saludables. Había sobrevivido a crisis financieras, a traiciones de socios, a una cirugía de corazón y al dolor imposible de ver a mi única hija crecer entre privilegios que yo mismo le puse en las manos.
Pensé que lo peor ya había pasado.
Qué equivocado estaba.
La mañana en que todo se rompió, el cielo sobre la ciudad amaneció gris, con ese color sucio que tienen las grandes urbes de México cuando el smog y la humedad se mezclan con el cansancio de la gente. Yo iba a recoger mi esmoquin para la boda de Sofía. Un traje caro, ridículamente caro, hecho con seda italiana y forro bordado a mano. Jamás habría gastado semejante cantidad en mí mismo, pero Sofía había insistido.
—Papá, por favor —me dijo la semana anterior, abrazándome por el cuello como cuando era niña—. Ese día quiero que te veas perfecto.
Por ella, yo habría comprado hasta un traje bordado con hilos de oro.
Porque Sofía no era solo mi hija. Era lo último puro que yo creía haber hecho bien en la vida.
Cuando entré en la tienda de María, sonó la campanita sobre la puerta y un aroma a tela nueva, perfume caro y café recién hecho me envolvió. Aquella boutique de novias era uno de los locales que yo le rentaba desde hacía años. María era de esas mujeres mexicanas que parecen tener la ternura en los ojos y el carácter escondido en la columna vertebral. Siempre me recibía con un abrazo, un regaño cariñoso o un chiste.
Ese día no sonrió.
Ese día parecía estar viendo a un muerto.
Su rostro estaba pálido. Tenía las manos temblando. Sus labios resecos parecían incapaces de formular una bienvenida.
—Tomás… —susurró, y su voz salió tan baja que apenas la escuché.
—¿Qué pasa, María? —pregunté, intentando bromear—. Ni que hubieras visto al diablo.
Ella miró por encima de mi hombro hacia la calle, luego de nuevo a mí, y lo que vi en sus ojos me heló el estómago.
Miedo.
No el miedo de una mujer preocupada por un negocio.
El miedo de alguien que sabe que en unos minutos va a estallar una bomba.
Corrió detrás del mostrador, me tomó del brazo con una fuerza que no le conocía y me arrastró sin pedir permiso hacia el fondo de la tienda.
—Escóndete en el probador. Ahora mismo.
Solté una risa nerviosa, pensando que se trataba de alguna locura.
—¿Qué? María, ¿de qué hablas?
—¡Hazme caso! —susurró con furia contenida—. Javier viene para acá. Y Sofía está con él. Piensan que el local está vacío. Creen que salí a comer. Si te ven aquí, no hablarán. Si no te ven, vas a escuchar la verdad.
La verdad.
Hay palabras que al escucharlas cambian el aire.
Sentí que algo pesado, oscuro, indescriptible, se me sentó en el pecho. María me empujó dentro del último probador, cerró la cortina de terciopelo y dejó apenas una rendija.
—No hagas ruido. Pase lo que pase, no salgas —me dijo.
Me quedé allí, apretado entre espejos y vestidos blancos, oliendo cedro y perfume, sintiéndome ridículo. Yo, Tomás Red, el hombre que había negociado millones, el viejo lobo de los bienes raíces, escondido como un ladrón en un vestidor.
Entonces sonó otra vez la campanita de la entrada.
Y escuché la voz de Javier.
—Por fin se largó la bruja.
Aquella no era la voz respetuosa que usaba frente a mí. No. Era una voz gruesa, arrogante, vulgar, la voz verdadera de un hombre que no siente obligación de fingir cuando cree que ya ganó.
Luego vino la voz de mi hija.
—¿Estás seguro de que no hay nadie?
Escuché pasos, risas, el sonido de bolsas de tela.
—Tenemos veinte minutos —dijo Javier—. Tiempo suficiente para hablar con el tipo y revisar el traje. Después de la boda, ya no vamos a necesitar actuar.
Actuar.
No me moví. No respiré. Sentí el latido de mi corazón en la garganta.
—¿Ya lograste que el viejo firme el poder notarial? —preguntó Javier.
Hubo una pausa breve.
Y entonces Sofía, mi Sofía, la niña a la que le curé fiebre, a la que llevé a la escuela, a la que cargué dormida tantas veces del coche a la cama… respondió con un tono irritado, impaciente, casi despreciativo:
—Todavía no. Se puso terco. Dice que quiere leer la letra chiquita y que Harrison la revise. Siempre con sus paranoias.
El mundo se me inclinó.
Habíamos hablado del poder notarial la noche anterior. Ella me dijo que era una formalidad, una medida de seguridad por si yo me enfermaba. Me apretó la mano, me llamó papi, me besó la frente. Y ahora estaba hablando de eso como si hablara de un viejo mueble que no cabe en la sala.
—Pues presiónalo —dijo Javier—. En cuanto nos casemos, empieza el reloj. Necesitamos el control total. La constructora, el portafolio inmobiliario, la casa, el fideicomiso… todo. En treinta días eso puede convertirse en efectivo.
—¿Y mi papá? —preguntó Sofía.
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