Johnson sonrió con una mueca torcida, acomodándose el cinturón.
—Los de siempre. Resistencia a la autoridad, desacato… y si hace falta, agresión. Total, ¿quién va a venir a defenderla?
Las risas llenaron la sala.
Ella permanecía de pie, despeinada, con la mejilla aún ardiendo por la bofetada. Sus manos estaban firmes a los lados del cuerpo. No lloraba. No suplicaba. Solo observaba.
Eso fue lo que empezó a incomodar.
Porque no reaccionaba como esperaban.
—¿Nombre? —gruñó un agente, golpeando la mesa con un bolígrafo.
Ella lo miró directo a los ojos.
—No voy a decir nada hasta que llegue mi abogado.
Silencio.
Luego carcajadas.
—¿Abogado? —repitió Johnson—. ¿Escucharon eso? Cree que esto es una película.
Se acercó más, inclinándose frente a ella.
—Aquí no hay abogados, señora. Aquí hay reglas. Y nosotros las ponemos.
Ella sostuvo la mirada.
—No por mucho tiempo.
Ese fue el momento en que todo cambió.
No de inmediato.
Pero algo en el ambiente se tensó.
—
La metieron en una celda pequeña.
Oscura.
Con olor a humedad.
Le quitaron el teléfono.
Le dejaron una manta sucia.
Y cerraron la puerta con un golpe seco.
—
Pasaron minutos.
Luego una hora.
Luego dos.
—
En la sala principal, la rutina seguía.
Papeles.
Café.
Quejas.
Risas.
—
Hasta que…
sonó el teléfono.
—
Uno de los agentes contestó sin prestar mucha atención.
—Comisaría del distrito, diga.
Silencio.
Su expresión cambió.
—
—Sí… sí, aquí está…
—
Miró a Johnson.
—
—Jefe… preguntan por la detenida.
—
Johnson hizo un gesto de fastidio.
—Diles que espere. Estamos ocupados.
—
El agente dudó.
—
—Eh… señor… dicen que es urgente.
—
—¡Que espere! —repitió Johnson, levantando la voz.
—
El agente volvió al teléfono.
—
—Sí… el oficial a cargo dice que espere…
—
Pausa.
—
Su cara se volvió pálida.
—
—¿C-cómo dijo?
—
Todos comenzaron a mirarlo.
—
—Sí… sí, entiendo…
—
Colgó lentamente.
—
—¿Qué pasa? —preguntó Johnson, irritado.
—
El agente tragó saliva.
—
—Era… la oficina del gobernador.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»