PARTE 1
“Si se muere aquí tirado, ni lo toquen… capaz que después nos meten en problemas.”
Eso fue lo primero que escuchó Valeria antes de jalar a su hermana de la mano y correr hacia el hombre que yacía boca abajo sobre el andador del Parque Hundido, en la Ciudad de México. Tenían cinco años, mochilas casi más grandes que ellas y los zapatos gastados de tanto caminar entre el hospital y la pensión barata donde una vecina a veces les daba de cenar. A esa hora de la mañana, el parque ya estaba lleno de gente: señores trotando, muchachas grabando videos para redes, vendedores de café, parejas paseando al perro. Todos volteaban apenas un segundo… y seguían de largo.
El hombre, en cambio, parecía haberse quedado sin mundo.
Era Julián Ferrer, uno de los empresarios más poderosos del país, aunque en ese momento nadie lo habría dicho. Sin escoltas, sin chofer, sin saco siquiera, estaba descompuesto en el suelo como cualquiera. Su respiración era débil, desordenada. Una mano le temblaba junto al pecho. Quiso incorporarse, pero el aire no le alcanzó ni para eso.
—Danna… —susurró Valeria, con los ojos muy abiertos—. No está dormido.
Danna se agachó sin pensarlo. Era más callada que su hermana, pero cuando algo le importaba, se le notaba en la cara. Miró al hombre, luego al celular viejo que cargaban en la mochila porque su mamá insistía en que lo llevaran por cualquier emergencia.
—Hay que llamar —dijo.
Marcar al número de emergencias fue más difícil de lo que parecía cuando las manos te tiemblan y nadie adulto quiere acercarse demasiado. Pero Danna lo logró. Habló claro. Dijo el parque, la banca cercana, la fuente rota, el señor tirado que casi no respiraba. Mientras ella hablaba, Valeria le sostuvo la mano al desconocido.
—No se vaya a morir, por favor —murmuró—. Aguante poquito.
A Julián le llegó esa voz como desde muy lejos. No veía bien. Solo distinguía dos sombras pequeñas inclinadas sobre él y una sensación extraña: la única gente que se había detenido eran dos niñas que no tendrían por qué hacerlo.
Las sirenas tardaron minutos que parecieron una eternidad. Cuando los paramédicos llegaron, todo fue gritos, compresiones, mascarillas, órdenes rápidas. Uno de ellos miró a las gemelas con incredulidad.
—¿Ustedes hicieron la llamada?
Danna asintió. Valeria no soltó la mano del hombre hasta que una enfermera se la apartó con cuidado.
—Le salvaron la vida —dijo el paramédico.
Pero ellas solo se miraron entre sí, como si no entendieran del todo lo que acababa de pasar. Para ellas, lo urgente seguía siendo otra cosa. Tenían que cruzar el parque, subir dos pisos, entrar al área de hospitalización pública y volver a sentarse junto a la cama de su mamá, Rebeca, que llevaba casi tres semanas inconsciente después de una infección que se complicó por falta de atención a tiempo.
Esa noche, mientras Julián Ferrer peleaba por respirar en una habitación privada llena de máquinas y doctores de renombre, Valeria y Danna se acomodaban en dos sillas duras junto a la cama de su madre.
—Mami —susurró Valeria, acariciándole el cabello—, hoy ayudamos a un señor bien elegante.
—Casi se nos muere —agregó Danna en voz bajita—, pero llegaron rápido.
La máquina al lado de la cama siguió sonando igual, fría, constante, indiferente.
Ninguna de las dos sabía que el hombre al que habían salvado despertaría con una obsesión: encontrar a las niñas.
Y mucho menos imaginaban que, cuando eso pasara, descubrirían algo peor que la enfermedad de su madre.
Descubrirían que estaban a punto de perderlo absolutamente todo.
PARTE 2
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