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—¿Al banco? —me miró extrañada—. Ándele pues, con cuidado. No se me vaya a marear.

Salí a la calle de tierra. Caminé despacio hasta la parada del camión. El sol de la mañana era suave, pero yo sabía que en un par de horas quemaría como comal.

Esperé el Ruta 616. Cuando llegó, subí con dificultad los escalones altos. El chofer ni me volteó a ver. Pagué mis 9.50 con las monedas contadas. Me senté en el primer asiento reservado para la tercera edad y discapacitados. Por primera vez en mi vida, sentí que ese asiento me pertenecía por derecho propio, no solo por edad, sino por desgracia.

El viaje hacia el centro de Guadalajara fue eterno. Veía pasar la ciudad por la ventanilla. Los negocios abriendo, la gente corriendo a trabajar, los niños con sus mochilas. La vida seguía. El mundo giraba sin importarle que María González iba a gastarse los últimos tres mil pesos de su existencia.

Pasamos por la zona de Oblatos, luego por Belisario. La ciudad cambiaba. De las calles polvorientas a las avenidas asfaltadas. De las casas sin enjarrar a los edificios de cristal.

Yo iba repasando mi discurso para el cajero. “Buenos días, joven. Quiero retirar todo. Sí, todo. Cancele la cuenta si quiere”.

Me imaginaba la escena. Me imaginaba saliendo con los billetes. Comprando un pollo asado de camino a casa. Comiéndome un muslo yo sola, con la piel crujiente. La boca se me hizo agua y el estómago me rugió tan fuerte que la muchacha sentada a mi lado se recorrió un poco.

Bajé en el centro, cerca de la Catedral. Las campanas estaban sonando las diez de la mañana. Había palomas volando por todos lados y turistas tomándose fotos. Yo caminé entre ellos como un fantasma.

Busqué la sucursal del Banco Nacional más cercana. Había una en la esquina de Juárez y 16 de Septiembre. Un edificio grande, imponente, con puertas de cristal dobles y guardias de seguridad con armas largas.

Me detuve frente a la puerta. El reflejo del cristal me devolvió la imagen de una viejita encorvada, con un vestido que le quedaba grande y una bolsa aferrada al pecho.

—Vamos, María. Es solo un trámite. Entras, sacas, y te vas.

Empujé la puerta.

El aire acondicionado me golpeó como una bofetada helada. Contrastaba violentamente con el calor de la calle. El banco olía a limpio, a dinero, a perfume de gente que se baña diario con agua caliente. El piso brillaba tanto que podía ver mis zapatos viejos reflejados en él.

Había mucha gente. Una fila larga para el cajero automático y otra fila de gente sentada esperando turno para ventanilla.

Me acerqué a la maquinita que da los turnos. Me quedé parada frente a ella, sin entenderle muy bien a la pantalla táctil. Mis dedos torpes dudaron.

—¿Le ayudo, abuela? —dijo un guardia joven, acercándose.

Me tragué el orgullo por enésima vez. “Abuela”. Ya ni siquiera “señora”.

—Sí, por favor. Quiero… quiero pasar a la caja. A retirar.

El guardia picó la pantalla. Salió un papelito térmico.

Turno: C-45.

—Siéntese allá y espere a que salga su número en la tele —me indicó, señalando las sillas de metal.

Me senté. Las sillas estaban frías. A mi lado había un señor de traje revisando su celular, seguramente haciendo negocios de millones. Al otro lado, una señora con un bebé. Y en medio yo, con mi tarjeta de tres mil pesos y mi hambre de cinco años.

La espera fue una tortura psicológica.

Tin-tan. Sonaba la campanita. “A-23, Ventanilla 4”.

Miraba la pantalla obsesivamente.

Tin-tan. “B-12, Ventanilla 2”.

Sentía que todos me miraban. Sentía que sabían que yo no pertenecía ahí. Que yo era una impostora en el templo del dinero. Me sudaban las manos. Saqué un pañuelo de papel y me sequé el sudor de la frente.

Empecé a dudar. ¿Y si mejor me iba al cajero automático? Sería más rápido. Menos vergonzoso. Si la tarjeta no servía, nadie me vería la cara de decepción.

Me levanté a medias, dispuesta a huir hacia las máquinas.

Pero en ese momento…

Tin-tan. “C-45, Ventanilla 3”.

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