Era mi turno. El destino me llamaba.
Me volví a sentar un segundo, tomando aire. “Valor, María. Valor”.
Me levanté. Mis piernas temblaban visiblemente. Caminé hacia la ventanilla 3. El trayecto de cinco metros pareció de cinco kilómetros. Sentía que caminaba sobre el fondo del mar, lento, pesado.
En la ventanilla 3 había una cajera joven, muy bonita, con el pelo recogido en una coleta impecable y uñas pintadas de rojo perfecto. Tenía un gafete que decía “Susana”.
Llegué al mostrador. Era alto para mí. Tuve que ponerme de puntitas un poco.
—Buenos días —dijo Susana, sin levantar mucho la vista, tecleando algo en su computadora—. ¿En qué puedo servirle?
Saqué la tarjeta azul de mi monedero. Mis dedos la apretaron una última vez, despidiéndose de ella, despidiéndose de la última conexión física que tenía con Rafael.
La deslicé por debajo del cristal blindado, a través de esa pequeña ranura de metal que separa el mundo de los pobres del mundo de los ricos.
—Buenos días, señorita —mi voz salió más firme de lo que esperaba, una firmeza nacida de la resignación—. Quiero retirar todo el dinero de esta cuenta, por favor. Todo. Y quiero cancelarla.
Susana tomó la tarjeta. La miró un segundo, verificando la firma o el estado del plástico.
—Claro que sí, señora. Permítame su identificación oficial, por favor.
Le entregué mi INE. La vieja, la que todavía tenía la dirección de la casa de Santa Tere, la casa que ya no era mía.
Susana insertó la tarjeta en su lector. Tecleó algo. Esperó.
Esos segundos de silencio fueron los más largos de la historia del universo. Yo contuve la respiración. Esperaba que ella frunciera el ceño. Esperaba que me dijera: “Señora, esta tarjeta está vencida” o “Señora, no tiene fondos, solo tiene 50 pesos”. Esperaba la humillación final que confirmara que Rafael me había odiado hasta el último día.
Ya me veía a mí misma recogiendo mi INE, bajando la cabeza, saliendo del banco con las lágrimas tragadas y caminando hacia el puente más alto.
Pero Susana no frunció el ceño.
Al contrario.
Dejó de teclear. Se quedó inmóvil. Sus ojos se fijaron en la pantalla. Parpadeó una vez. Parpadeó dos veces. Se inclinó un poco más hacia el monitor, como si no creyera lo que estaba viendo.
El silencio se alargó. Se hizo denso.
—¿Pasa algo, señorita? —pregunté, con el corazón latiéndome en la garganta—. ¿No… no hay dinero?
Susana levantó la vista lentamente. Sus ojos marrones se encontraron con los míos. Ya no había prisa profesional en su mirada. Había algo más. Había asombro. Había confusión. Había… respeto.
Se aclaró la garganta. Tragó saliva visiblemente.
—Señora… —su voz cambió de tono, se volvió más suave, casi reverente—. Disculpe, ¿usted dijo que quería retirar todo? ¿En efectivo?
—Sí —insistí, sintiéndome pequeña—. Los tres mil pesos. O lo que quede. Necesito comprar medicinas urgentes.
Susana me miró como si yo estuviera hablando en otro idioma. Luego miró a su compañera de al lado, y luego volvió a mirarme a mí.
—Señora… —hizo una pausa, buscando las palabras—. El saldo de esta cuenta no es de tres mil pesos.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Menos? —susurré, sintiendo que las lágrimas empezaban a salir—. ¿Me cobraron comisiones? ¿No hay nada?
Susana negó con la cabeza, despacio.
—No, señora María. No es menos.
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