Me levanté y fui directo al cajón. Mis manos temblaban, pero ya no de duda, sino de desesperación. Saqué la tarjeta azul.
Ahí estaba. Banco Nacional. La misma que Rafael me dio hace cinco años bajo los tabachines.
La puse sobre la mesa de plástico, junto a la receta médica.
Era un duelo. A un lado, la muerte lenta por orgullo. Al otro lado, la vida comprada con la limosna de mi exmarido.
Me senté frente a la tarjeta y la miré fijamente durante horas, mientras la tarde caía y el cuarto se llenaba de sombras.
Empecé a hablar con ella. Sí, como una loca. La soledad te hace hablar con las cosas.
—Así que tú ganaste, ¿eh? —le dije al plástico—. Tú y él. Él, desde donde esté, riéndose de mí. “Mírala, al final tuvo que usar mis tres mil pesitos. Al final no pudo sola”.
Recordé la voz de Rafael el día del divorcio. “Te alcanzará para sobrevivir unos meses”.
—Pues tenías razón, viejo —susurré, sintiendo una lágrima correr por mi nariz—. Sobreviví cinco años sin ti. Cinco años comiendo basura, lavando escusados, aguantando humillaciones. Pero ya me rompí, Rafa. Ya me rompí.
Tomé la tarjeta. Estaba fría.
—Tres mil pesos —repetí la cifra como un mantra—. Tres mil pesos.
Empecé a hacer cuentas mentales de nuevo, pero ahora con el dinero “en mano”. Ochenta pesos para Chuy. Dos mil quinientos para las medicinas y el Ensure. Me sobran… cuatrocientos veinte pesos.
Cuatrocientos veinte pesos. Eso me quedaría después de salvar mi vida. ¿Y luego qué?
—Luego Dios dirá —me respondí—. Por lo menos tendré fuerzas para volver a limpiar casas. Por lo menos no me moriré mañana.
La noche cayó pesada sobre Tonalá. No tenía luz porque se me había olvidado pagarla la semana pasada, o más bien, no había tenido con qué. Me alumbré con una veladora que le quedaba un culito de cera.
Esa noche fue la más larga de mi vida. El hambre me mordía el estómago, pero los nervios me lo cerraban.
¿Y si la tarjeta ya no servía? ¿Y si el banco la había cancelado por inactividad? ¿Y si Rafael la había reportado como robada después de dármela, solo por crueldad?
El miedo me heló la sangre. Si llegaba al cajero y la máquina me decía “Tarjeta Inválida” o “Retenida”, entonces sí, no me quedaría más camino que tirarme de un puente del Periférico. Esa tarjeta era mi última bala.
Revisé la fecha de vencimiento a la luz de la vela. Vence: 12/28. Todavía estaba vigente. Al menos el plástico servía.
—Mañana —decreté—. Mañana temprano voy al banco. No al cajero. Al banco. Quiero verle la cara a alguien cuando saque el dinero. Quiero que me den los billetes en la mano. Quiero sentir que es real.
Me acosté vestida, abrazando mi bolsa contra el pecho como si fuera un bebé, protegiendo ese pedazo de plástico que ahora era mi única esperanza.
Soñé con Rafael. Lo soñé joven, cuando éramos novios y me llevaba a pasear al Parque Agua Azul. En el sueño, él me compraba un algodón de azúcar gigante, rosa, esponjoso. Yo estiraba la mano para tomarlo, pero cuando lo tocaba, el algodón se convertía en polvo gris y se deshacía entre mis dedos. Rafael se reía, pero no era una risa feliz, era una risa triste, como de llanto. Desperté sudando frío justo antes del amanecer.
La mañana de la derrota
Me levanté con el canto de los gallos del vecino. A pesar de la debilidad, me obligué a seguir mi ritual de dignidad. No iba a ir al banco pareciendo una pordiosera. No le iba a dar ese gusto a la gente.
Calenté agua en una ollita con una resistencia eléctrica (me robaba la luz del pasillo con un cable pelón, otro secreto de mi pobreza). Me bañé a jicarazos. El agua tibia me ayudó a relajar los músculos tensos.
Abrí mi maleta vieja, esa donde guardaba la ropa de “antes”. Saqué mi mejor vestido. Era uno de flores azules, sencillo pero de buena tela, que Rafael me había regalado un Día de las Madres hacía diez años. Me quedaba enorme. Me lo puse y tuve que usar un cinturón apretado al máximo para que no pareciera un costal de papas. Me vi al espejo. El vestido colgaba triste sobre mis hombros huesudos.
—Ni modo, María. Es lo que hay.
Me peiné. Me hice mi chongo de siempre, estirando bien el pelo para tapar las raíces blancas. Me puse un poquito de labial que rescaté del fondo de un cosmético seco. Un toque de color en mis labios pálidos.
—Listo. Pareces una señora decente. Pobre, pero decente.
Salí del cuarto. Doña Chuy estaba barriendo el patio.
—Buenos días, Chuy. Ahorita vengo. Voy al banco.
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