ANUNCIO
ANUNCIO
ANUNCIO

El despertar en la Cruz Verde no fue como en las telenovelas, donde la protagonista abre los ojos pestañeando suavemente con una luz celestial de fondo. No. Mi despertar fue tosco, doloroso y con un sabor a fierro en la boca que me dieron ganas de vomitar, aunque no tenía nada en el estómago para echar fuera.

El suero goteaba con una lentitud desesperante: plic, plic, plic. Cada gota era un segundo más de vida que yo no sabía si quería tener.

A mi lado, en la camilla vecina separada por una cortina de tela azul llena de manchas sospechosas, un hombre gemía bajito, como si le doliera hasta el alma. El olor del lugar era una mezcla penetrante de trapeador sucio, alcohol barato y sudor rancio de gente enferma y pobre. Porque eso es lo que éramos ahí: la fila de los rotos, los que no tienen seguro de gastos médicos mayores, los que rezan para que el dolor no sea cáncer porque si lo es, ya nos llevó la tiznada.

Una enfermera robusta, con cara de llevar tres turnos seguidos sin dormir, entró jalando un carrito de metal que rechinaba como si estuviera maldito.

—A ver, madre, despierte —me dijo, no con mala fe, pero sí con esa rudeza práctica de quien ha visto demasiada miseria para andarse con rodeos—. Ya se acabó el suero y necesitamos la cama. Hay gente esperando afuera en las sillas de plástico.

Me senté despacio. El mundo me dio tres vueltas antes de quedarse quieto.

—¿Ya me voy? —pregunté, con la voz rasposa.

—Pues ya la estabilizamos, señora María. Le subimos el azúcar y la hidratamos. Pero no es hotel. El doctor ya firmó su alta. Tenga.

Me extendió un papel arrugado y una receta médica escrita con esa letra de doctor que parece jeroglífico egipcio.

—Ahí le encargo que se compre esto hoy mismo —señaló la receta con un dedo regordete—. Hierro, complejo B inyectable, un suplemento alimenticio de esos caros, y pastillas para la presión porque la trae por los suelos. Si no se toma esto, va a regresar en una semana, pero con los pies por delante. ¿Me oyó?

Asentí, avergonzada. Tomé el papel. Mis ojos recorrieron los nombres de los medicamentos. Hice la cuenta mental rápida, esa calculadora de la pobreza que nunca falla: Suplemento Ensure o similar: $60 pesos la botellita. Necesito una diaria. Inyecciones de hierro: como $800 la caja. Consultas, pasajes…

La suma total me dio vértigo. Eran fácil unos dos mil quinientos pesos solo para arrancar el tratamiento.

—Gracias, señorita —murmuré.

Me bajé de la camilla. Mis piernas se sentían como de trapo, como si los huesos se hubieran vuelto de hule. Me puse mis zapatos, que alguien había dejado acomodados bajo la cama. Al atarme las agujetas, me di cuenta de lo hinchados que tenía los tobillos. “Retención de líquidos por desnutrición”, había dicho el médico. Qué palabra tan fea. Desnutrición. Suena a niño de la guerra, no a señora de 65 años que tuvo casa propia y chofer alguna vez.

Salí a la sala de espera. Ahí estaba Doña Chuy, mi casera. La pobre mujer estaba dormitando en una silla de plástico duro, con la boca abierta y su rebozo cubriéndole los hombros. Al verme, dio un respingo.

—¡Ay, Doña Mari! ¡Bendito sea Dios! —se persignó rápido—. Pensé que se nos quedaba en el viaje. El doctor dijo que llegó usted blanca como papel.

—Gracias por traerme, Chuy. De verdad. No sé cómo pagarte.

Doña Chuy me miró con una mezcla de cariño y preocupación práctica.

—Pues… con que se ponga bien, basta. Y bueno, nomás le encargo lo del taxi de venida, fueron ochenta pesos. Yo los puse, pero ya ve que la cosa está dura…

Ochenta pesos.

Metí la mano a mi bolsa. Saqué las monedas que traía. Veintitrés pesos con cincuenta centavos.

La vergüenza me quemó la cara más fuerte que la fiebre.

—Chuy… no traigo ahorita. En la casa… en la casa tengo —mentí. O tal vez no mentía. En la casa tenía “La Tarjeta”.

—No se apure, allá me los da. Ámonos, que ya hace hambre.

El regreso a Tonalá fue un calvario silencioso. Nos fuimos en camión porque ya no había para taxi. El chofer manejaba como si llevara ganado, frenando de golpe en cada esquina. Yo iba agarrada del pasamanos con los nudillos blancos, cerrando los ojos para no vomitar la bilis.

Cuando llegamos a la vecindad, eran las dos de la tarde. El sol estaba en su punto más cruel. Entrar al patio fue sentir las miradas de las vecinas clavadas en mi espalda.

—Mira, ya regresó la doña. Dicen que se desmayó de hambre. —Pobrecita, y tan arreglada que se veía cuando llegó hace años. —Pues así acaban las que se creen mucho y no tienen nada.

Murmullos. Susurros venenosos que se colaban por mis oídos. Bajé la cabeza, apreté el paso lo más que pude y me encerré en mi cuarto.

El cuarto olía a encierro, a viejo y a soledad.

Me dejé caer en el catre. Mi respiración era agitada.

—Ya no más —dije en voz alta a las cuatro paredes descarapeladas—. Ya no más, María. Se acabó el teatro.

Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»

ANUNCIO
ANUNCIO