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Mi dieta se convirtió en la dieta de la pobreza mexicana: frijoles de la olla (cuando alcanzaba para el gas), tortillas con sal, y a veces, si había suerte, un huevo revuelto para que rindiera. La carne se volvió un recuerdo lejano, un lujo de cumpleaños. La fruta, solo la que encontraba muy madura, casi pasada, que los del tianguis me dejaban a mitad de precio.

—¿A cómo los jitomates, joven? —preguntaba yo en el mercado sobre ruedas de los jueves. —A veinte el kilo, madre. —¿Y esos de ahí? —señalaba unos golpeados, un poco aguados. —Esos lléveselos en cinco, ya pa’ que salgan.

Y me los llevaba. Llegaba al cuarto, les cortaba lo podrido y hacía una salsa. Esa salsa era mi banquete.

Hubo noches, muchas noches, en las que el estómago me dolía de vacío. Un dolor sordo, como un puño apretando desde adentro. Tomaba agua del grifo, vaso tras vaso, para engañar al cuerpo, para sentirme llena de algo, aunque fuera de agua clorada.

Y en esas noches de insomnio y hambre, mis ojos se iban inevitablemente hacia el cajón de madera.

Sabía que ahí estaba. La tarjeta azul.

Tres mil pesos.

En mi mente, tres mil pesos se convertían en un festín. Imaginaba ir al supermercado y llenar un carrito. Comprar un pollo rostizado, de esos que giran en las vitrinas y sueltan un jugo dorado. Comprar jamón, queso, pan dulce, leche de verdad y no fórmula láctea. Pagar un doctor para que me revisara las rodillas. Comprarme unos zapatos con suela suave.

Me levantaba, arrastrando los pies, y abría el cajón.

Ahí estaba el plástico, brillando bajo la luz de la luna que entraba por la ventanita.

La tomaba entre mis manos. Mis dedos callosos acariciaban los números en relieve.

—Úsala, María —me susurraba una voz en mi cabeza, la voz de la supervivencia—. Es dinero. El dinero no tiene dueño. Te lo dio él. Te corresponde. Es una migaja de todo lo que construyeron. Tómala.

Estuve a punto tantas veces. Una noche, con una fiebre terrible por una infección en la garganta, me puse los zapatos decidida a ir al cajero automático de la esquina. Ya tenía la mano en el picaporte.

Pero entonces, la voz de Rafael resonó en mi memoria: “Te alcanzará para sobrevivir unos meses”.

Lo dijo con tanta lástima. Con tanta superioridad.

Si yo usaba esa tarjeta, le estaba dando la razón. Estaba admitiendo que sin él yo no era nada. Estaba aceptando mi papel de víctima, de mujer abandonada que necesita la caridad del exmarido para no morir.

—¡No! —grité en la soledad del cuarto, aventando la tarjeta de regreso al cajón como si me quemara—. ¡No la necesito! ¡Que se meta sus tres mil pesos por el culo!

Prefería el hambre. Prefería el dolor de rodillas. Prefería la humillación de limpiar inodoros ajenos antes que tocar un centavo de ese hombre que me había desechado. Mi orgullo era lo único que me calentaba en las noches frías. Era mi cobija y mi alimento. Un alimento amargo, sí, pero mío.

El tiempo empezó a pasar de una forma extraña. Los días eran eternos mientras tallaba pisos, pero los años se iban como agua entre los dedos.

Uno, dos, tres años.

Mi cuerpo empezó a cambiar drásticamente. Perdí peso, mucho peso. La ropa que me había traído de mi vida anterior me quedaba enorme. Tuve que hacerle pinzas con seguros a mis faldas. Mi cabello, antes negro y brillante, se llenó de canas y perdió su fuerza. Se me caía a puños en la regadera. Mi piel se volvió grisácea, acartonada, como papel viejo.

Mis hijos venían de vez en cuando. No los culpo del todo, o al menos eso trato de decirme. La vida es dura para todos. Mi hijo mayor, Jorge, tenía tres hijos y una hipoteca que lo ahorcaba. Mi hija, Laura, tenía un marido celoso que le contaba cada peso. El menor, Beto, siempre fue un desastre, viviendo al día.

Llegaban en mi cumpleaños o el Día de las Madres. Se sentaban en la única silla que tenía y miraban alrededor con incomodidad. El cuarto olía a humedad y a pobreza, y ellos lo sabían.

—Mamá, ¿segura que estás bien? —me preguntaba Laura, viéndome los brazos flacos. —Sí, mija, estoy a dieta. Ya ves que el doctor me dijo que le bajara al azúcar —mentía yo con una sonrisa ensayada.

No quería ser una carga. No quería ser la “viejita pobre” que hay que mantener. Ya bastante tenía con haber perdido a mi esposo; no quería perder la dignidad frente a mis hijos.

Me traían una despensa pequeña: arroz, aceite, papel de baño, atún. A veces me dejaban un billete de 200 o 500 pesos, arrugado, metiéndomelo en la mano como quien le da propina a un “viene viene”.

—Ten, ma, para tus chicles.

Yo aceptaba el dinero con una mezcla de gratitud y vergüenza infinita. Esos 200 pesos significaban comer carne esa semana. Significaban no tener que pedir fiado en la tiendita.

Pero nunca les dije la verdad. Nunca les dije que a veces recogía botellas de plástico en la calle.

Esa fue la parte más baja de mi caída. Ocurrió en el cuarto año.

Me había quedado sin trabajo de limpieza por dos semanas porque la señora se fue de vacaciones. No tenía un peso. Literalmente. Abrí mi monedero y solo había pelusa.

Caminaba de regreso del mercado, donde solo había ido a ver, a oler la comida que no podía comprar. Vi una botella de refresco tirada en la banqueta. Luego otra.

Sabía que en la recicladora pagaban a tres pesos el kilo de PET.

Miré a mi alrededor. No había nadie conocido. El sol estaba bajando.

Me agaché.

Sentí que algo se rompía dentro de mí al tocar esa botella sucia del suelo. La primera fue la más difícil. Sentí que todos me miraban, que me juzgaban. “Mira a la señora María, pepenando basura”.

Pero la metí en mi bolsa de mandado. Luego vi una lata de aluminio. También la agarré.

Ese día llegué al cuarto con la bolsa llena. Fui a la recicladora. Me dieron 15 pesos.

Con 15 pesos compré medio kilo de tortillas y un sobre de sopa de pasta. Comí caliente esa noche. Y lloré. Lloré mientras soplaba la cuchara, mezclando el sabor salado de las lágrimas con el caldo aguado.

—Rafael, maldito seas —murmuré entre sollozos—. Mírame. Mira en lo que me convertiste.

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