El cementerio era antiguo, lleno de tumbas de piedra, ángeles de mármol manchados por el musgo y flores de cempasúchil frescas y secas por todos lados.
Caminamos por los pasillos de tierra. Teresa se detuvo frente a una tumba sencilla, blanqueada con cal, bajo la sombra de un árbol de jacaranda.
No tenía una lápida lujosa. Solo una cruz de herrero y una placa pequeña.
RAFAEL GONZÁLEZ 1955 – 2021 “Amó hasta el último suspiro”
Me quedé parada frente a la tierra que cubría a mi hombre.
No sentí miedo. Sentí paz.
Me arrodillé en la tierra. No me importó ensuciar mi vestido de flores. Puse mi mano sobre la placa fría.
—Hola, viejo —le dije.
Imaginé que él me escuchaba. Imaginé que estaba sentado ahí, en la cruz, con su camisa de cuadros y su sonrisa de medio lado.
—Ya vine. Me tardé un poquito, ¿verdad? Cinco años nomás. Perdón por la tardanza, es que estaba muy ocupada odiándote y juntando botellas.
Me reí. Una risa que se mezcló con llanto.
—Gracias —continué—. Gracias por el dinero. Ya vi que soy rica. Casi millonaria. ¿Quién lo diría? La pepenadora millonaria. Pero más gracias por cuidarme. Aunque fueras un menso por no decirme.
Le conté todo. Ahí, frente a la tumba, le conté de mi cuarto en Tonalá, de la señora rica que me humillaba, del hambre, de mis hijos y sus vidas lejanas. Le conté todo lo que no pudimos hablar en cinco años.
—Te perdono, Rafa —dije finalmente, sintiendo que me quitaba una mochila de cien kilos de la espalda—. Te perdono por irte así. Y te pido perdón por no haberte buscado antes.
Saqué de mi bolsa el estado de cuenta del banco. Lo doblé en cuatro pedacitos y lo enterré un poquito en la tierra de la maceta que tenía la tumba.
—Este dinero es tuyo y mío. Te prometo que no lo voy a desperdiciar. Voy a vivir, Rafa. Voy a vivir por los dos.
Estuve ahí toda la tarde, hasta que el sol se metió y los panteoneros empezaron a cerrar. Teresa me esperó sentada en una banca, respetando mi duelo.
Al salir del panteón, me sentí diferente. Ya no era la mujer abandonada. Ya no era la víctima. Era la esposa amada. Era la viuda de un hombre que movió cielo y tierra para protegerme.
La nueva María
Esa noche dormí en casa de Teresa. Dormí profundamente, sin soñar pesadillas, arrullada por el silencio del campo.
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