—¿Cómo pudiste morirte sin mí? —sollozaba—. ¿Cómo pudiste ser tan valiente y tan cobarde al mismo tiempo?
Teresa corrió hacia mí y se arrodilló. Me abrazó fuerte, meciéndome como a un bebé.
—Ya, María, ya… —susurraba ella, llorando también—. Él así lo quiso. Era terco como una mula, ya lo conocías. No hubo poder humano que lo hiciera cambiar de opinión.
—Sufrió mucho, Teresa? —pregunté entre el llanto, necesitando saber la verdad aunque me doliera.
Teresa suspiró y me limpió las lágrimas con su delantal.
—Al final sí, hija. El cáncer es perro. Pero él estaba en paz. Tenía tu foto en la mesita de noche. Todos los días le hablaba a la foto. Le decía: “Buenos días, mi amor”, “Buenas noches, mi amor”. Tú estuviste aquí todo el tiempo, María.
Esa imagen me rompió y me sanó al mismo tiempo. Rafael hablándole a mi foto mientras yo le mentaba la madre en Tonalá. La ironía de la vida. El amor y el odio viviendo en paralelo.
Pasé horas en el suelo de esa sala. Leí la carta una vez. Y otra. Y otra. Hasta que me aprendí cada palabra, cada coma, cada mancha de tinta.
Analicé cada frase. “Te dejé esa tarjeta con 3,000 pesos… para que te enojaras”.
Y vaya que funcionó. Su plan maestro funcionó a la perfección. Mi odio me mantuvo viva. Si me hubiera dejado viuda y triste hace cinco años, quizás me hubiera dejado morir de depresión. Pero el coraje… el coraje me hizo levantarme a lavar baños, me hizo pepenar botellas, me hizo aguantar.
Él me conocía mejor que yo misma. Sabía que mi orgullo era mi columna vertebral.
—Ganaste, Rafa —susurré, besando su firma—. Ganaste la partida, viejo mañoso.
El encuentro final
Cuando pude ponerme de pie, ya era mediodía. Teresa me preparó un caldo de pollo. Comí en silencio, sintiendo que cada cucharada me sabía a perdón.
—Quiero verlo —dije, limpiándome la boca.
—Te llevo —respondió Teresa.
Salimos de la casa. El sol había disipado la niebla y ahora Pátzcuaro brillaba con colores vivos. Caminamos hacia el panteón municipal.
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