El día del juzgado… Dios, María, ese día casi me rajo. Verte ahí, tan arregladita, tan digna, con tus ojos llenos de lágrimas contenidas… me dieron ganas de gritar “¡Es broma!” y besarte. Pero tuve que aguantarme. Tuve que ser un actor de primera. Tuve que darte esa tarjeta con 3,000 pesos y decirte esa frase cruel: “Para que sobrevivas”.
Lo hice para que te enojaras. El odio es un motor muy fuerte, María. La tristeza te tumba, pero el coraje te levanta. Sabía que si pensabas que yo era un cabrón que te humilló, ibas a salir adelante por puro orgullo, para demostrarme que podías. Y mira, lo hiciste. Sé que lo hiciste.
Me vine a Pátzcuaro a morir. Teresa me cuidó. Fue difícil, no te voy a mentir. Hubo noches de mucho dolor donde gritaba tu nombre. Hubo días en que me arrepentí y quise llamarte. Pero Teresa, bendita sea, me recordaba el plan: “Déjala vivir, Rafa. Déjala libre”.
Morí pensando en ti. Morí recordando tus chilaquiles, tu risa cuando veías películas de Cantinflas, el olor de tu pelo.
No llores por mí, chaparrita. Yo ya descansé. Ahora te toca a ti vivir. Tienes el dinero. Úsalo. Cómprate vestidos, viaja, come rico, ayuda a los hijos si quieres, pero primero tú. Vive los años que nos faltaron.
No estuve contigo estos cinco años físicamente, pero estuve en cada depósito, en cada peso. Cuidándote desde la sombra.
Te amé ayer, te amo hoy y te amaré siempre, donde quiera que esté.
Tu viejo latoso, Rafael.
Dejé caer la carta al suelo.
No grité de inmediato. Primero sentí un silencio interior, como si mi alma se hubiera quedado vacía de golpe. Todo lo que había creído los últimos cinco años… todo mi rencor, todo mi odio, toda mi narrativa de “mujer víctima”, se desmoronó como un castillo de naipes.
Y luego vino el dolor.
Pero no era el dolor del abandono. Era un dolor mucho peor. Era el dolor de la gratitud mezclada con la culpa.
—¡Viejo estúpido! —grité de repente, con una voz gutural que asustó a Teresa, que asomó la cabeza desde la cocina—. ¡Viejo tonto, necio, hijo de la chingada!
Me tiré al suelo, sobre las baldosas frías, buscando la carta, arrugándola contra mi pecho.
—¡Por qué no me dejaste decidir! —le reclamaba al papel, bañándolo con mis lágrimas—. ¡Yo te hubiera limpiado! ¡Yo te hubiera cuidado! ¡Para eso era tu esposa! ¡No me importaba el dinero! ¡Me importabas tú!
Lloré golpeando el piso con el puño. Lloré por los cinco años que perdí odiándolo mientras él sufría. Lloré imaginándolo solo, o con Teresa, gritando de dolor en una cama extraña, sin mi mano para sostener la suya.
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