Mis dedos acariciaron el papel del sobre. No era un papel cualquiera; era papel bond, del barato, del que comprábamos en la papelería de la esquina para que los muchachos hicieran la tarea. Pero al tacto, se sentía como si estuviera tocando piel humana.
El silencio en la casa de Teresa era absoluto. Solo se escuchaba el crujido de la leña consumiéndose en la estufa de la cocina y, muy a lo lejos, el ladrido de un perro. Parecía que el tiempo en Pátzcuaro se había detenido por respeto, para dejarme escuchar lo que mi marido tenía que decirme desde el más allá.
Rompí el sello. Mis manos temblaban tanto que rasgué un poco la esquina de la hoja.
Desdoblé la carta.
Eran tres hojas escritas a mano. Su letra. Esa letra inclinada hacia la derecha, con las mayúsculas grandes y los puntos marcados con fuerza, como si estuviera enojado con el papel. La misma letra que vi mil veces en las listas del supermercado (“No olvides el cilantro, María”), en las notas que dejaba en el refrigerador (“Fui al taller, regreso tarde”), y en las tarjetas de aniversario que guardaba en una caja de zapatos.
Pero esta vez, la letra se veía diferente. Se veía temblorosa en algunas partes. Se veía débil. Había manchones de tinta, como si hubiera dudado, o como si le hubiera fallado el pulso.
Respiré hondo, tratando de llenar mis pulmones con valentía, y empecé a leer.
Pátzcuaro, Michoacán. 10 de Octubre de 2020.
Para mi María, mi única mujer, mi compañera de batalla:
Si estás leyendo esto, mi vida, es porque al fin venciste a tu orgullo. Y te conozco tan bien, mi vieja terca, que sé que te tomó tiempo. Seguro pasaron años. Seguro me odiaste cada uno de esos días. Y quiero que sepas que eso está bien. Ese era el plan.
Perdóname. Esa es la primera palabra que tengo que decirte, aunque sé que ahorita debes tener ganas de sacarme de la tumba para matarme tú misma a golpes. Perdóname por ser un cobarde. Perdóname por huir. Perdóname por mentirte en la cara aquel día en el juzgado, cuando te miré con frialdad mientras por dentro me estaba deshaciendo.
María, no te dejé porque te dejara de amar. Nunca, ni por un segundo, dejé de amarte. Eres lo mejor que me pasó en esta vida perra. Desde que te vi en aquella fiesta patronal con tu vestido amarillo, supe que eras tú. Y 37 años después, seguía pensando lo mismo cada vez que te veía dormir.
Te dejé porque me estaba muriendo.
Seis meses antes del divorcio, empecé a sentir ese dolor en la espalda. ¿Te acuerdas que te dije que me había lastimado cargando cajas? Fue mentira. Fui al doctor a escondidas. Me hicieron estudios. El diagnóstico fue rápido y brutal: Cáncer de páncreas. Fase 4. Ya estaba invadido, María. Me dieron un año, a lo mucho.
Cuando el doctor me lo dijo, mi primer impulso fue correr a abrazarte y llorar en tu hombro. Quería que me consolaras, quería que me dijeras que todo iba a estar bien, como siempre hacías cuando teníamos problemas. Pero luego pensé en ti.
Pensé en tu madre. ¿Te acuerdas cómo sufrió Doña Lupe cuidando a tu papá cuando le dio la embolia? ¿Te acuerdas de cómo se le acabó la vida a ella mientras él se apagaba en una cama? No quería eso para ti, María. No quería que tus últimos recuerdos de tu “viejo fuerte” fueran verme cagado en una cama, flaco, gritando de dolor, con morfina hasta las orejas. No quería que te convirtieras en mi enfermera. Quería que siguieras siendo mi esposa, mi amor.
Y luego pensé en el dinero. Sabía que si te decía la verdad, ibas a querer vender la casa, la camioneta, hasta tu alma, para pagar tratamientos, operaciones y milagros que no iban a servir de nada. Te ibas a gastar nuestra vejez en alargar mi agonía un par de meses. Y te ibas a quedar viuda, sola y en la ruina.
No podía permitir eso.
Así que tomé la decisión más difícil de mi vida: romperte el corazón para salvarte el futuro.
Vendí la casa de Santa Tere a escondidas, mucho antes del divorcio. La vendí bien. Vendí el terreno que tenía mi papá. Vendí la camioneta. Junté todo lo que teníamos. Invertí el dinero en un fondo seguro, de esos que dan rendimientos y que nadie puede tocar.
Programé las transferencias. Me aseguré de que te llegara una mensualidad sagrada, mes con mes, por el resto de tu vida. Suficiente para que vivas como reina, como te mereces. El depósito grande, el de la liquidación, es porque calculé que para esta fecha ya no estaré aquí para proteger la cuenta, así que mejor que lo tengas todo tú.
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