“¿Qué voy a encontrar?”, me preguntaba. “¿A Rafael viviendo con una mujer joven? ¿A Rafael enfermo? ¿O a una tumba?”.
La idea de la tumba me hizo sollozar en voz alta. El pasajero de al lado, un señor bigotón que venía dormido, se despertó y me miró feo.
—Perdón —murmuré, secándome los ojos con el rebozo.
No quería que estuviera muerto. A pesar del odio, a pesar de los cinco años de miseria, no quería que estuviera muerto. Quería gritarle, quería golpearlo, quería que me explicara, pero quería que estuviera vivo para hacerlo.
Llegada a la niebla
El autobús entró a la terminal de Pátzcuaro pasadas las once de la noche. Hacía frío. Un frío húmedo que calaba hasta los huesos, muy diferente al calor seco de Jalisco.
Bajé del camión temblando. Me puse mi rebozo sobre la cabeza.
La terminal estaba casi vacía. Solo un par de taxis viejos esperando.
—¿A dónde la llevo, madre? —preguntó un taxista envuelto en una chamarra gruesa.
Dudé. Tenía la dirección de Teresa, su hermana. Pero eran las once de la noche. No podía llegar a tocar así nada más. Teresa era una mujer de campo, se dormía con las gallinas.
—Lléveme a un hotelito en el centro. Uno barato pero limpio.
El taxi traqueteó por las calles empedradas. El sonido de las llantas sobre la piedra era rítmico, hipnótico. Vi las casas de adobe con sus techos de teja roja, las paredes blancas con guardapolvos color almagre. Todo estaba igual. El tiempo aquí se detenía.
El taxista me dejó en la “Posada de Don Vasco”. Pagué una habitación sencilla.
La habitación era pequeña, con vigas de madera en el techo y un crucifijo en la pared. La cama tenía cobertores de lana pesados.
Me acosté, pero no dormí. ¿Cómo iba a dormir si estaba a unas cuadras de la verdad?
Escuché las campanadas de la Basílica dar las doce, la una, las dos, las tres…
A las seis de la mañana, cuando apenas empezaba a clarear y la niebla bajaba del lago cubriendo el pueblo como un manto fantasma, me levanté.
Me lavé la cara con agua helada. Me puse mi vestido de flores y mi rebozo.
Salí a la calle. El pueblo despertaba. Señoras con canastas de pan, hombres con sarapes y sombreros yendo al campo. El olor a leña quemada inundaba todo. Ese olor a hogar que yo no tenía.
Caminé hacia la dirección que recordaba. La casa de Teresa no estaba en el mero centro, sino en las orillas, cerca de los campos de maíz, rumbo al muelle.
Mis pasos resonaban en el empedrado. Tac, tac, tac. El sonido de mi destino acercándose.
Llegué a la calle. “Calle del Lago”.
Vi la casa a lo lejos. Era pequeña, humilde, pintada de azul añil, con muchas macetas de geranios en la entrada y una bugambilia enorme trepando por el techo.
Me detuve a unos metros. El corazón se me quería salir por la boca. Me faltaba el aire. Tuve que recargarme en un poste de luz.
Vi humo saliendo de la chimenea. Alguien estaba cocinando.
—Valor, María. Valor.
Avancé. Llegué a la puerta de madera vieja, gastada por el sol y la lluvia.
Levanté la mano para tocar. Mi mano temblaba tanto que apenas pude hacer fuerza.
Toc, toc, toc.
El sonido fue seco. Definitivo.
Esperé.
Oí pasos adentro. Pasos lentos, arrastrados. No eran los pasos firmes de Rafael. Eran pasos de alguien mayor.
Se quitó el cerrojo. La puerta rechinó al abrirse.
Y ahí, en el marco de la puerta, apareció Teresa.
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