Estaba mucho más vieja. Su pelo era completamente blanco, recogido en una trenza larga. Su cara era un mapa de arrugas profundas. Llevaba un delantal de cuadros y olía a café de olla.
Me miró. Entornó los ojos, como si no pudiera creer lo que veía, como si estuviera viendo a una aparición entre la niebla de la mañana.
Sus ojos se llenaron de agua. Se llevó las manos a la boca, cubriendo un grito ahogado.
—¿María? —preguntó con voz quebrada—. ¿Eres tú?
Yo intenté hablar, pero el nudo en mi garganta era una piedra gigante. Solo asentí con la cabeza, llorando.
—Teresa… —logré decir—. Vine… vine a buscar a Rafael.
Teresa no dijo nada. Solo se quedó ahí, mirándome con una tristeza infinita, una tristeza que me heló la sangre más que el frío de Pátzcuaro.
Abrió la puerta completamente.
—Pásale, hija… —dijo, y su voz sonó a pésame—. Pásale. Te estábamos esperando.
Esa frase. “Te estábamos esperando”.
Entré a la casa. La penumbra era acogedora. Olía a incienso y a flores.
Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad.
—¿Dónde está? —pregunté, girando la cabeza, buscando a mi marido en cada rincón, esperando verlo salir de la cocina o de un cuarto.
Teresa cerró la puerta detrás de mí. El sonido del cerrojo sonó como la tapa de un ataúd cerrándose.
—Siéntate, María. Te voy a servir un té. Tienes las manos heladas.
—No quiero té, Teresa. Quiero a mi esposo. Quiero saber por qué me mandó dinero. Quiero saber por qué me dejó. ¿Dónde está?
Teresa se detuvo frente a mí. Me tomó de las manos. Sus manos eran cálidas, rasposas, manos de mujer trabajadora.
Me miró a los ojos y vi el final de mi esperanza.
—María… —susurró—. Rafael no está.
—¿Salió? ¿Fue al doctor?
—No, María. Rafael… Rafael ya descansa.
El mundo se detuvo por tercera vez. Primero en el juzgado. Luego en el banco. Y ahora aquí, en esta casita de adobe.
—¿Qué… qué quieres decir con “descansa”?
Teresa apretó mis manos.
—Rafael falleció, María.
Sentí que el techo se me caía encima. Sentí que el piso desaparecía. Un zumbido agudo me llenó los oídos.
—No… —negué, riendo nerviosamente, una risa histérica—. No, Teresa. Eso es mentira. Él me mandó dinero el mes pasado. El banco me lo dijo. “SPEI Rafael”. Él está vivo. Él me está manteniendo. ¡No me mientas!
—El dinero está programado, María —dijo Teresa, llorando también—. Él lo dejó todo arreglado antes de irse. Las transferencias automáticas. Todo.
Me solté de sus manos. Retrocedí, chocando con una mesa.
—¡No! ¡Mientes! ¡Solo pasaron cinco años! ¡Él estaba sano! ¡Era fuerte como un roble!
—Tenía cáncer, María. Cáncer de páncreas.
La palabra “cáncer” flotó en el aire como humo negro.
—¿Cáncer? —susurré.
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