La confusión se transformó en una urgencia febril. No podía quedarme aquí. No podía pasar una noche más en este cuarto mirando ese papel y comiendo pollo sola.
Tenía que ir. Tenía que verlo a la cara. Tenía que aventarle el dinero en la cara y exigirle una explicación. O tenía que abrazarlo. No sabía cuál de las dos, y eso me aterraba.
Me levanté. Me tomé las pastillas que el doctor me mandó. Me inyecté yo misma la vitamina B12 en la nalga, con la práctica de años de inyectar a mis hijos. Me dolió, pero el dolor me despertó.
Empecé a empacar. No tenía mucho. Mi maleta vieja, la misma con la que llegué hace cinco años, seguía ahí, debajo de la cama, acumulando polvo. Metí mis dos vestidos decentes. Mi rebozo. Mis zapatos cómodos. La foto de mis hijos que tenía en el buró. Y el rosario de mi madre.
Dejé la ropa vieja de trabajo. Dejé los trapos de limpiar. Dejé las botellas de plástico que había juntado ayer. Eso pertenecía a la María indigente. La María que iba a Michoacán era otra. No sabía quién era, pero ya no era esa.
Salí al patio. Ya estaba oscureciendo.
—Chuy —llamé a la portera.
Ella salió de su cuarto, con una tortilla en la mano.
—Dígame, seño.
—Me voy.
—¿Cómo que se va? ¿Ahorita? ¿Ya no va a volver?
—No lo sé. Pero te dejo el cuarto. Ahí te dejo las cosas que se quedan. La parrilla, la cobija… véndelas o úsalas.
—Pero doña Mari… ¿a dónde va tan solita y tan noche?
—Voy a buscar una respuesta, Chuy. O voy a buscar a un fantasma.
Salí de la vecindad sin mirar atrás. Caminé por la calle de tierra de Tonalá por última vez. Sentí que me quitaba una piel pesada, una costra de mugre y tristeza que se me había pegado durante un lustro.
La carretera de la memoria
Llegué a la Nueva Central Camionera en otro taxi. El lugar era un monstruo de concreto y luces neón, lleno de gente que iba y venía, de maletas, de despedidas y reencuentros.
Busqué la línea de autobuses que iba a Michoacán. “Primera Plus”, “ETN”… Nombres que antes eran comunes para mí y que ahora parecían lujos inalcanzables.
Me acerqué a la taquilla.
—Un boleto a Pátzcuaro, por favor. El que salga más pronto.
—Sale uno en veinte minutos, señora. Son seiscientos pesos.
Pagué. Tenía el boleto en la mano. Asiento 14. Ventanilla.
Subí al autobús. El aire acondicionado olía a pino sintético. Los asientos eran de terciopelo azul, amplios, cómodos. Me hundí en el mío. Mi cuerpo huesudo agradeció el acolchado.
El autobús arrancó. Salió de la terminal y tomó la autopista a Zapotlanejo.
Vi las luces de Guadalajara alejarse. Esa ciudad que había sido mi hogar, mi prisión y mi infierno. La dejaba atrás.
El viaje duró cuatro horas, pero para mí fueron cuatro años repasando mi vida.
Miraba por la ventana oscura, viendo pasar las siluetas de los cerros y los espectaculares. Y en el reflejo del vidrio, veía escenas de mi matrimonio.
Vi a Rafael el día que nació nuestro primer hijo, llorando de felicidad. Vi a Rafael enseñándome a manejar, con una paciencia infinita. Vi a Rafael bailando conmigo en la boda de mi sobrina, apretándome la cintura.
Y luego, las imágenes cambiaron. Vi a Rafael seis meses antes del divorcio. Lo vi sentado en la orilla de la cama, a oscuras, con la cabeza entre las manos. —¿Qué tienes, viejo? —le preguntaba yo. —Nada, María. Cansancio del trabajo. Duérmete.
Lo vi adelgazar. Yo pensé que era por la dieta que le mandó el doctor para el colesterol. Lo vi volverse huraño. Dejó de tocarme. Dejó de besarme. Yo pensé que ya no le gustaba, que mi cuerpo viejo le daba asco.
—”No me toques, María” —me dijo una noche que intenté abrazarlo—. “Hace calor”.
Lloré esa noche pensando que tenía a otra.
Pero ahora… ahora, con el estado de cuenta en mi bolsa y la dirección de Pátzcuaro, todo se veía diferente.
¿Y si no era asco? ¿Y si era dolor? ¿Y si no me tocaba para que yo no sintiera algún bulto, alguna fiebre, algún hueso salido?
El autobús cruzó la frontera con Michoacán. El paisaje cambió, aunque fuera de noche. Se sentía en el aire. El olor a tierra mojada, a pino, a aguacate. La carretera se volvió más curva.
Mi ansiedad crecía con cada kilómetro. Mi corazón, bombardeado por las vitaminas y la adrenalina, latía rápido.
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