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Salí de la farmacia y abrí ahí mismo, en la banqueta, un bote de Ensure de vainilla. Me lo bebí de un trago, sintiendo cómo el líquido espeso y dulce bajaba por mi garganta reseca, reviviendo mis células muertas. Fue como echarle gasolina premium a un vochito desvielado. Sentí un chispazo de energía.

Luego, caminé hacia el Mercado Corona. El olor a comida me guio como a un perro sabueso. Olor a carne asada, a cebolla frita, a cilantro.

Me paré frente a un puesto de pollos rostizados. Esos que dan vueltas en la vitrina, doraditos, goteando grasa. Llevaba años sin probar uno. Años soñando con morder un muslo jugoso.

—Me da uno entero, joven. Con papas y salsa —ordené.

Pagué. Me dieron la bolsa caliente. El calor del pollo traspasó el plástico y me calentó las manos y el alma.

Tomé un taxi. Sí, un taxi. Nada de camión 380 apretujado. Nada de esperar bajo el sol.

—A Tonalá, joven. A las orillas.

El taxista me miró por el retrovisor, juzgando mi aspecto humilde y el olor a pollo.

—Está lejos, seño. Le va a salir caro.

—No le pregunté cuánto, le dije que me llevara —respondí con una seguridad que no sabía que tenía. El dinero, aunque sea un misterio doloroso, te da una armadura instantánea.

Durante el trayecto, mientras veía pasar la ciudad que me había escupido y humillado, abrí la bolsa del pollo. Arranqué un pedazo de pechuga con los dedos y me lo metí a la boca.

Lloré.

Lloré masticando. El sabor de la sal, del adobo, de la grasa… era el sabor de la dignidad recuperada. Pero también era un sabor amargo. Porque cada bocado me recordaba que Rafael me había dado esto. Que este pollo lo pagó él. Que mi vida dependía de él, incluso cinco años después de que me “botara”.

El regreso a la cueva

Llegué a la vecindad. El taxista me cobró ciento cincuenta pesos. Se los pagué sin chistar.

Doña Chuy estaba en el patio, lavando ropa en el lavadero de cemento. Al verme bajar del taxi con bolsas de farmacia y comida, se secó las manos en el delantal y corrió hacia mí.

—¡Doña Mari! ¡Qué milagro que llega en taxi! ¿Pues qué pasó? ¿Se sacó la lotería o qué?

Su broma se clavó como un puñal.

—Algo así, Chuy. Algo así —murmuré.

Saqué un billete de cien pesos del sobre.

—Ten. Lo del taxi de la mañana y lo que te debía del agua. Quédate con el cambio.

Chuy tomó el billete, mirándolo con desconfianza y asombro.

—Oiga, Doña Mari… ¿no se metió en líos, verdad? Mire que dinero rápido es dinero del diablo…

—No, Chuy. Es dinero viejo. Dinero de un muerto en vida.

Entré a mi cuarto y cerré la puerta con el pasador. Puse el pollo en la mesa, las medicinas en el buró y me senté en la cama.

Saqué de nuevo el estado de cuenta. Lo alisé sobre mis rodillas.

Ahí estaba la dirección del remitente, impresa en letras pequeñitas al final de la hoja, casi ilegible para mis ojos cansados, pero clara para mi corazón: Sucursal 045 – Pátzcuaro Centro.

Pátzcuaro.

Cerré los ojos y los recuerdos me atropellaron. Nuestra luna de miel fue en Pátzcuaro. No teníamos dinero para ir a la playa, así que fuimos al pueblo de su hermana. Recuerdo el lago, gris y tranquilo. Recuerdo el frío de la mañana. Recuerdo comer corundas y nieve de pasta en la plaza bajo los portales. Recuerdo a Rafael joven, fuerte, abrazándome bajo una cobija de lana, diciéndome: “Algún día vamos a comprar una casita aquí, María. Para cuando estemos viejos”.

—¿Estás ahí, Rafa? —pregunté al aire viciado del cuarto—. ¿Te fuiste a nuestra casita imaginaria sin mí?

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