—La dirección registrada es en Pátzcuaro, Michoacán.
Michoacán.
El pueblo de su hermana Teresa.
Rafael no estaba en Guadalajara. Rafael no estaba con otra mujer joven y rica.
Rafael estaba en el pueblo donde nacimos.
Guardé el dinero y el estado de cuenta en mi bolsa, pegándolos a mi pecho. Salí del banco tambaleándome, ciega por el sol del mediodía, ciega por las lágrimas.
Tenía el dinero. Ya no iba a morir de hambre.
Pero ahora tenía un hambre nueva. Un hambre de verdad. Tenía que saber qué demonios estaba pasando. Y tenía que ir a Michoacán.
CAPÍTULO 4: El peso del fantasma
Salí del banco como quien sale de un terremoto: caminando, pero sin sentir las piernas. El sol del mediodía en el centro de Guadalajara caía a plomo, rebotando en el pavimento caliente de la Avenida 16 de Septiembre, pero yo sentía un frío glacial recorriéndome la espalda.
Apreté mi bolsa contra el pecho con tanta fuerza que los dedos se me pusieron blancos. Ahí dentro, en un sobre amarillo que me había dado Susana, la cajera, iban dos mil pesos en efectivo. Pero lo que realmente pesaba no eran los billetes; era el papel doblado, el estado de cuenta con esa cifra monstruosa: $983,500.00.
Caminé sin rumbo fijo durante unas cuadras, esquivando a la gente, sorda al ruido de los cláxenes y a los gritos de los vendedores de periódicos. Mi mente era un torbellino de ruido blanco.
Novecientos ochenta y tres mil pesos.
Rafael.
Michoacán.
Me detuve frente a un aparador de una tienda de electrodomésticos. Vi mi reflejo. Una anciana flaca, con el vestido grande, el pelo mal peinado y los ojos desorbitados.
—¿Quién eres tú? —le pregunté a mi reflejo—. ¿La viuda de un vivo? ¿O la esposa de un fantasma?
El hambre, esa compañera fiel y maldita de los últimos cinco años, me dio un pellizco violento en el estómago, recordándome que el drama no alimenta. Me mareé. Tuve que recargarme en la pared caliente.
—Comida —pensé—. Necesito comida. Y medicina.
Entré a una farmacia de genéricos que estaba en la esquina. El aire acondicionado me alivió un poco el bochorno. Saqué la receta arrugada que me habían dado en la Cruz Verde.
—Buenas tardes —le dije al muchacho del mostrador, con voz temblorosa—. Necesito todo esto.
El chico tecleó en la computadora, fue a los estantes y regresó con tres cajas y dos botes de suplemento alimenticio.
—Son mil doscientos cuarenta pesos, señora.
En otro momento, esa cifra me hubiera provocado un infarto. Hubiera tenido que dejar las medicinas y salir corriendo de vergüenza. Pero hoy no.
Abrí el sobre. El olor a billetes nuevos me golpeó la nariz. Saqué tres billetes de quinientos. Mi mano tembló al entregarlos, no por pobreza, sino por la irrealidad de la situación.
—Aquí tiene. Quédese con el cambio —dije, en un impulso de locura.
El muchacho me miró sorprendido.
—Gracias, madre. Que se mejore.
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