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—preguntó Vincenzo, poniéndose los lentes.

—Divorcio acelerado, aprobado por un juez “mío” a las tres de la tarde —dijo Gabrielle—. Y custodia total e incuestionable de Lily para Serena.

Le sonrió a Silas con crueldad.

—Tu información está doce horas desactualizada, primo.

Silas palideció.

—Eso es imposible…

—Yo soy Gabrielle Romano —respondió, frío.

Luego miró a Vincenzo.

—Silas trae un apostador degenerado a la mesa solo para anotar puntos. ¿Ese es el hombre que quiere negociando contratos de miles de millones?

Vincenzo leyó y sonrió con desprecio hacia Silas.

—Saca esta basura de mi casa, Silas. Y haz maletas. Mañana te vas al territorio de Chicago.

Silas, furioso y humillado, empujó a Derek hacia la salida y se fue. Gabrielle regresó con Serena, temblando aún.

Sin importar la audiencia, le tomó el rostro con ternura y le secó una lágrima.

—Siéntate —murmuró—. El fantasma se fue. Jamás volverá a tocarte.

Serena cayó en la silla. El contrato decía que no podían enamorarse. Que era actuación. Pero con la mano de Gabrielle en su mejilla, Serena supo con miedo que ya estaba rompiendo reglas.

Los seis meses se evaporaron más rápido de lo que Serena imaginó. Con Silas enviado lejos y el imperio naviero en manos de Gabrielle, la violencia se calmó. Pero conforme el invierno se volvió primavera, otra tensión nació en el penthouse.

Era el último día del acuerdo. Serena estaba en la suite principal mirando sus dos maletas empacadas. Su celular vibró: notificación del banco, transferencia de 200 mil dólares. La deuda desaparecida. El fideicomiso de Lily listo. Serena era libre.

Entonces… ¿por qué le dolía el pecho como si la aplastaran?

En medio año, el límite “falso” se volvió real. Gabrielle no solo fue escudo: se volvió parte de su vida. Le leía cuentos a Lily, hacía voces de caricatura. Abrazaba a Serena cuando despertaba de pesadillas. Ya no era el monstruo. Era el hombre del que Serena se había enamorado sin remedio.

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