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Apenas 12 horas atrás, ella era una mamá soltera que apenas sobrevivía, colando a su hija en el elevador de servicio de un rascacielos en el centro porque la niñera le había cancelado a última hora.

Ahora estaba rodeada de hombres armados con trajes a la medida, colocados justo detrás del líder más despiadado del sindicato criminal de la Costa Este. Y aun así, lo más aterrador no era el peligro mortal que se acercaba.

 

Era el enorme anillo de compromiso con diamante que le pesaba en la mano izquierda.

El radiador del departamento diminuto de Serena Jenkins soltó un silbido lastimero… y se apagó por completo. Apenas eran las 6:00 de la mañana, y el frío de diciembre ya se metía por las ventanas mal selladas. Serena estaba de pie en la cocinita, mirando sin ver la pantalla estrellada de su celular.

—Lo siento muchísimo, Serena —la voz de la señora Gable, su vecina mayor y niñera de confianza, tronó en la bocina barata—. Se me prendió horrible la ciática. Apenas puedo pararme… mucho menos andar persiguiendo a la dulce Lily hoy.

—No se preocupe, señora Gable. Descanse, por favor. Yo veo cómo le hago —dijo Serena, forzando una calidez que no sentía.

Colgó y se cubrió el rostro con las manos. El pánico, frío y filoso, le arañó la garganta.

Serena trabajaba como camarista en el Grande, un hotel y residencia privada altísimo y ultra exclusivo en pleno corazón del distrito financiero. Pagaba mejor que cualquier trabajo de limpieza que hubiera tenido, pero la administración era famosa por ser implacable.

Un error, una falta sin justificante médico, y para el mediodía ya te habían reemplazado. Serena no podía darse el lujo de perder ese empleo.

Su exmarido, Derek, había desaparecido hacía dos años, dejando solo una montaña de deudas de apuestas y promesas rotas. Serena estaba completamente sola, viviendo al día, peleando con uñas y dientes para mantener un techo sobre la cabeza de su hija.

—Mami, ¿por qué hace tanto frío?

Serena se giró y vio a Lily en el marco de la puerta, frotándose los ojitos azules, aún adormilada. Llevaba su pijama de fleece favorita, enorme, y abrazaba un conejo de peluche maltratado llamado Barnaby.

 A Serena se le derritió el corazón, como siempre. Cruzó la habitación y cargó a la niña de cinco años, besándole la coronilla de su cabello rubio despeinado.

—El calentador se echó una siestita, Bichito. Pero ¿sabes qué? Hoy vienes conmigo a una misión secreta.

Los ojos de Lily se abrieron como platos.

—¿Una misión?

—Sí, pero es súper secreta. Tienes que estar calladita como ratoncito de iglesia. ¿Puedes?

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