El silencio en el comedor fue pesado. Derek temblaba, encogido bajo las miradas asesinas.
—¿Quién es este? —exigió Vincenzo.
Silas, feliz, golpeó el hombro de Derek.
—Don Vincenzo, le presento a Derek Jenkins… el esposo legal de Serena.
Hubo murmullos. Vincenzo miró a Gabrielle con dureza.
—¿Es verdad? Si está atada a esta basura, es una carga. Te pedí transición limpia, Gabrielle, no un circo.
Serena no podía respirar. El monstruo del pasado, ahí.
Se levantó, la silla raspando.
—¡Mentiroso! —gritó, señalando a Derek—. ¡Nos abandonaste! Nos dejaste con 40 mil dólares de deuda. No te atrevas a venir a fingir que te importamos.
Derek se encogió.
—Silas me dijo que si venía… pagaba mis nuevas deudas…
—Cállate —siseó Silas, apretándole el cuello—. El punto es: Gabrielle metió una mujer casada a la casa diciendo que es su futura esposa. Eso no es estabilidad.
Serena sintió que el futuro de Lily se le escapaba.
Entonces Gabrielle se puso de pie. No gritó. Caminó con calma helada hacia Silas y Derek.
—¿Crees que encontraste el defecto fatal de mi plan? —preguntó suave.
Miró a Derek.
—Derek Jenkins, le debías 40 mil a los O’annon. Yo lo saldé ayer para que jamás amenazaras a mi prometida otra vez.
Derek asintió, tragando miedo.
Gabrielle sacó un documento con sello y lo aventó frente a Vincenzo.
—¿Qué es esto?
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