—Más cerca de la verdad —dijo Serena—. Yo trabajaba en el Grande. Dile que me topé contigo en el lobby y te tiré café en tus zapatos carísimos. Te enojaste, pero yo te grité por ir viendo el celular.
Gabrielle soltó una risita real, tan rara que Leo, en la puerta, casi se asustó.
—¿Me gritaste?
—Eso prueba que no te tengo miedo. Tu familia respetará eso. Tú exigiste que pagara los zapatos. Yo dije que no podía. Y tú “me obligaste” a cenar contigo para compensarlo… y te gustó que yo no te alabara.
Gabrielle la observó, entendiendo que no era solo una pieza desesperada.
—Bien. En el lobby. Me arruinaste los Berluti y me enamoré de tu descaro. Solo mírame como si yo fuera tu universo esta noche.
—Y tú mírame como si no me hubieras comprado —respondió Serena.
Gabrielle le ofreció el brazo.
—A trabajar, mi amor.
La casa familiar en los Hamptons era una fortaleza con disfraz de mansión costera. Portones enormes, guardias por todos lados. Serena iba rígida en el Bentley blindado. Lily se quedó en el penthouse cuidada por Leo y dos guardias más.
—Respira —murmuró Gabrielle, poniendo su mano sobre la de Serena para las cámaras, pero su agarre se sintió… estable—. Estás conmigo. Nadie te toca.
—No me preocupa que me golpeen… me preocupa mentirle a un cuarto lleno de asesinos.
—Quédate con la historia del café. Si te acorralan, sonríe y mírame. Yo me encargo.
Entraron. Candelabros, cuadros, olor a puros caros, perfume y carne asada.
—Gabrielle. Por fin.
Desde la escalera, apareció Don Vincenzo Romano, setentón, bastón de plata, ojos negros como cuchillos.
—Tío Vincenzo —dijo Gabrielle.
Vincenzo ignoró a Gabrielle y clavó los ojos en Serena.
—Así que la mujer fantasma por fin se materializa. Ya pensaba que mi sobrino te inventó para que yo lo dejara en paz.
—Un gusto conocerlo, señor Romano —dijo Serena, con voz firme.
—Ya veremos —gruñó—. Cena en diez minutos. No llegues tarde.
Cuando se fue, otra voz venenosa salió de la sombra.
—Vaya, vaya. Sí está bonita. Gabrielle siempre ha querido juguetes caros y brillantes.
Un hombre apareció: mismo aire de familia, pero con sonrisa siniestra y ojos pálidos.
—Serena, este es mi primo Silas —presentó Gabrielle, apretando su cintura protector.
Silas besó la mano de Serena.
—Una camarista, dicen… Qué encantadoramente “de clase trabajadora”. Dime, Serena: ¿cómo pasa una mujer de limpiar baños un día… a usar un diamante de un cuarto de millón al siguiente?
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