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—Bien. Descansa, Serena. Mañana la camarista muere… y nace la futura señora Romano.

A las siete de la mañana siguiente, su nueva realidad llegó en forma de una francesa elegantísima y aterradora llamada Vivienne, estilista y “fixer” de Gabrielle. Entró como general de guerra, seguida por tres asistentes con racks de vestidos, cajas de joyas y maletas de maquillaje.

—Mon Dieu —murmuró Vivienne, dándole vueltas a Serena y viendo su suéter viejo con horror—. Gabrielle, me trajiste un gatito callejero y quieres que lo convierta en leona antes del atardecer. Milagro que te cobre el doble.

Gabrielle estaba sentado, tomando café negro.

—Solo hazlo, Vivienne. Salimos a las cuatro.

Durante seis horas, Serena fue pulida y transformada. Le cortaron el cabello, lo tiñeron a castaño brillante, manicure, tratamientos… Lily jugaba en el piso con bloques nuevos que Leo “mágicamente” consiguió.

—Mami… te ves como princesa —susurró Lily.

—Quietecita, chérie —regañó Vivienne con cariño—. Ahora, el vestido.

Sacó un vestido verde esmeralda de seda, con una abertura elegante. Cuando Serena se lo puso y se miró al espejo, se le escapó un jadeo: no reconocía a la mujer frente a ella. La camarista agotada desapareció. Había una mujer con gracia poderosa.

Gabrielle alzó la vista. El cuarto se quedó callado. Por un segundo, el hielo en su mirada se quebró.

—Aceptable —dijo, con la voz más baja de lo normal.

Vivienne puso los ojos en blanco.

—Hombres… Ciegos. Te ves magnífica, Serena.

Gabrielle sacó una cajita de terciopelo. Dentro: un diamante enorme, cortado esmeralda.

—Dame tu mano izquierda.

Serena la levantó temblando. Gabrielle le tomó los dedos con una suavidad inesperada y le puso el anillo.

—Ahora —susurró pegándose a ella—. Necesitamos una historia. Mi tío detecta mentiras. Si dudamos, nos descubre.

Serena respiró hondo.

—¿Cómo nos conocimos?

—En una gala de caridad del alcalde, hace tres meses —recitó Gabrielle—. Te vi, mandé un trago, hablamos hasta el amanecer.

—No —lo interrumpió Serena—. Eso suena a cliché de millonario. Yo no sé hablar de galas. Me voy a trabar. Me equivoco de cubierto, digo tonterías del caviar.

Gabrielle alzó una ceja.

—¿Entonces?

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