Gabriel no bajó la mirada.
El jardín entero parecía contener la respiración.
Las cinco mujeres intercambiaron gestos incómodos, algunas ofendidas, otras divertidas. Ricardo, en cambio, sintió algo más peligroso que vergüenza:
miedo.
—Habla —ordenó con frialdad.
El niño tragó saliva.
—La elijo a ella… porque mamá nunca se fue.
Un silencio espeso cayó como una losa.
—¿Qué estás diciendo?
—murmuró una de las invitadas.
Gabriel dio un paso hacia Elena y tomó su mano.
—Ella huele igual que mamá cuando me abrazaba después de llover.
Usa el mismo jabón. Canta la misma canción cuando cree que nadie escucha. Y…
—su voz tembló—
tiene la misma cicatriz en la muñeca izquierda.
Elena se quedó inmóvil.
Ricardo sintió que el suelo se inclinaba.
—Eso es absurdo —espetó—.
Mariana murió hace dos años. Yo mismo la enterré.
Gabriel negó.
—No me dejaron verla. Dijeron que el ataúd no podía abrirse.
Dijeron que era mejor recordarla como estaba.
Las cinco mujeres comenzaron a incomodarse.
—Ricardo, esto es inapropiado —susurró una, dando un paso atrás.
Pero Gabriel no había terminado.
—Hace un mes encontré algo en el estudio.
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