CAPÍTULO III: El Accidente en la Obra
Mientras los niños compartían unos tacos de frijoles que Roberto había preparado, un grito desgarrador subió desde la parte baja del cerro.
—¡Se cayó la cimbra! ¡Hay gente atrapada en la obra de la escuela! —gritaba un vecino, corriendo cuesta arriba.
Roberto se puso pálido. Él trabajaba en esa obra durante la semana para ganar un extra. Sin pensarlo dos veces, salió corriendo. Ricardo, movido por un instinto que no sabía que tenía, lo siguió.
—¡Tadeo, espérame! —gritó Mateo, tratando de avanzar con su andador.
—¡Quédate aquí con tu mamá, Mateo! ¡Es peligroso! —le gritó Ricardo.
Pero Tadeo ya había agarrado su morral de hierbas. —¡Él viene conmigo! —dijo Tadeo—. Mateo tiene que ver que el dolor no espera a que uno esté listo.
En una demostración de voluntad increíble, Mateo se esforzó por avanzar. Entre Tadeo y Jennifer, lo ayudaron a bajar por la pendiente hasta llegar a la construcción de una pequeña escuela comunitaria que los mismos vecinos estaban levantando.
La escena era caótica. Un andamio de madera se había colapsado bajo el peso de varios bultos de cemento y dos trabajadores. Uno de ellos, un joven de unos veinte años llamado Chuy, tenía la pierna atrapada bajo una viga de concreto.
—¡No siento la pierna, Roberto! ¡No la siento! —gritaba Chuy, con la cara cubierta de polvo y sangre.
La gente gritaba, tratando de mover la viga con palas y manos desnudas. Ricardo, el ingeniero, tomó el mando de inmediato.
—¡Paren! ¡Si mueven esa viga sin apoyo, le van a destrozar la arteria! —gritó Ricardo—. ¡Necesitamos un gato hidráulico o palancas de acero! ¡Tú, ve por los polines que están allá!
Mientras Ricardo coordinaba el rescate técnico, Tadeo se escabulló entre los escombros y llegó hasta Chuy.
—Cálmate, Chuy. Soy yo, el nieto de Doña Gracia —dijo Tadeo con una voz que cortó el pánico del herido.
Tadeo sacó un frasco con un aceite oscuro y empezó a frotar la frente del joven. —Mateo, ven acá —le pidió Tadeo a su amigo, que acababa de llegar al borde del accidente.
Mateo se sentó en el suelo, ignorando la suciedad de su ropa de marca. —¿Qué hago? —preguntó Mateo, ansioso por ayudar.
—Tómale la mano. No la sueltes. Pásale tu fuerza, la misma que usas para dar tus pasos —le instruyó Tadeo—. Yo voy a hablarle a su pierna.
Mientras Ricardo y otros hombres lograban levantar la viga unos centímetros usando palancas, Tadeo sumergió sus manos en el polvo y los escombros para alcanzar el pie de Chuy, que estaba de un color morado alarmante.
—Despierten, raíces. Despierten —susurraba Tadeo, haciendo presión en puntos estratégicos que su abuela le había enseñado—. La sangre tiene que volver. Chuy, grita si sientes un piquete.
Pasaron minutos que parecieron horas. El sol de mediodía caía implacable sobre el Cerro de la Campana. Mateo apretaba la mano de Chuy tan fuerte que sus propios nudillos dolían.
—¡Ahí viene la ambulancia! —gritó alguien a lo lejos.
—¡Siento algo! ¡Me quema! —gritó Chuy de repente.
Tadeo sonrió, con la cara manchada de hollín. —Es la vida volviendo, Chuy. Ya no te vas a quedar cojo.
Cuando los paramédicos de la Cruz Roja llegaron, se quedaron estupefactos. Encontraron a un millonario de San Pedro coordinando el levantamiento de escombros, a un niño “milagroso” masajeando un pie herido y a otro niño en andador sosteniendo al herido con una paz absoluta.
—Si no hubieran mantenido la circulación de ese pie —dijo uno de los paramédicos mientras subían a Chuy a la camilla—, habrían tenido que amputárselo en el hospital. Hicieron un trabajo de profesionales.
CAPÍTULO IV: El Dilema del Dr. Martínez
La noticia del accidente y la intervención de Tadeo y Ricardo llegó a los periódicos locales al día siguiente. Una foto de Mateo sentado en la tierra sosteniendo la mano de Chuy se volvió la imagen más compartida en redes sociales bajo el título: “El puente sobre el cerro”.
Sin embargo, en el elegante Colegio de Médicos de Nuevo León, la tormenta arreciaba. El Dr. Martínez, movido por el rencor y la envidia, había logrado convocar a una junta extraordinaria para retirar la licencia de construcción a los proyectos de Ricardo si este seguía promoviendo “la medicina ilegal”.
—Esto es una afrenta a la academia —decía Martínez ante un auditorio de doctores—. No podemos permitir que un niño con un andador y un curandero de cerro dicten el futuro de la salud en este estado. Es un peligro para la salud pública.
Pero el Dr. Martínez no contaba con un factor: la Dra. Elena Sosa. Elena era una joven neuróloga, egresada de la UNAM con mención honorífica, que trabajaba en las clínicas más pobres del estado. Ella había estado presente en el hospital cuando llegó Chuy.
—Con todo respeto, Dr. Martínez —dijo Elena, levantándose de su asiento—, yo recibí al paciente de la obra del cerro. El reporte de los paramédicos dice que el masaje de estimulación fue lo que salvó la extremidad. Lo que usted llama “peligro”, yo lo llamo medicina integrativa.
—¡Es una superstición, Dra. Sosa! —gritó Martínez.
—Venga conmigo a ver a Mateo Altamirano —desafió Elena—. He revisado sus placas anteriores y las de ahora. La regeneración nerviosa que presenta no tiene explicación en sus libros, doctor. Pero está ahí. Si no podemos explicarlo, nuestro deber no es prohibirlo, sino estudiarlo.
La junta se dividió. Martínez perdió el apoyo de los médicos más jóvenes, quienes estaban cansados de la rigidez de un sistema que a menudo olvidaba el lado humano de la curación.
CAPÍTULO V: El Primer Encuentro de Sabidurías
Unos días después, Elena Sosa se presentó en la mansión Altamirano. No venía a amenazar, sino a observar.
—Señor Ricardo, no vengo como enviada del Dr. Martínez —dijo Elena al ser recibida—. Vengo porque quiero documentar lo que Tadeo hace. Quiero entender cómo funciona la herbolaria de su abuela desde una perspectiva científica.
Ricardo, al principio defensivo, aceptó cuando vio la honestidad en los ojos de la doctora.
Ese día, Tadeo estaba enseñándole a Mateo a identificar las plantas en el jardín de la mansión, el cual se había convertido en un huerto medicinal.
—Esta es la “Gobernadora” —decía Tadeo—. Sirve para muchas cosas, pero hay que tenerle respeto porque es fuerte. Si la usas mal, te quema.
Elena se acercó y se puso en cuclillas junto a los niños. —Tadeo, ¿sabías que la planta que llamas “Gobernadora” tiene ácido nordihidroguaiarético? Es un potente antioxidante que la ciencia estudia para combatir tumores.
Tadeo la miró con curiosidad. —No sé qué sea ese nombre largo, jefa. Pero mi abuela decía que esta planta “se come lo malo” que hay dentro del cuerpo.
Elena sonrió. —Estamos diciendo lo mismo con palabras diferentes, Tadeo.
Esa tarde comenzó una colaboración histórica. Elena traía su equipo: electromiografías portátiles, sensores de temperatura y monitores cardíacos. Tadeo traía su tina, sus hierbas y su intuición.
Mateo era el sujeto de estudio perfecto. Elena conectaba sensores a las piernas de Mateo mientras Tadeo aplicaba sus masajes.
—¡Mira esto! —exclamó Elena, señalando la pantalla de su laptop—. Cuando Tadeo presiona este punto en la planta del pie, la actividad eléctrica en la médula de Mateo se dispara un 40%. No es un reflejo. Es una respuesta organizada.
—Es porque le estoy avisando al cerebro que el pie ya está despierto —explicó Tadeo como si fuera lo más obvio del mundo—. Si el cerebro no sabe que el pie está ahí, no le manda órdenes.
Mateo, escuchando la conversación, tuvo una idea. —Doctora Elena, si esto funciona conmigo, ¿por qué no traemos a los niños que están esperando afuera de la reja?
Ricardo, que escuchaba desde la puerta, supo que ya no podía postergar lo inevitable.
—No vamos a traerlos aquí, Mateo —dijo Ricardo—. Vamos a construirles un lugar. Un lugar donde la doctora Elena y Tadeo puedan trabajar juntos.
CAPÍTULO VI: La Prueba de Fuego: La Niña del Silencio
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