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Voy a lavar tus pies y vas a caminar”: El millonario pensó que era una burla del niño pobre que saltó su barda, pero se le detuvo el corazón al ver cómo terminó la tarde en su jardín de Monterrey. Una historia de fe, hierbas ancestrales y un milagro que la ciencia no pudo explicar.

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HISTORIA ADICIONAL: “EL ECO DE LAS RAÍCES”

Esta es una crónica de los eventos no contados que ocurrieron entre los primeros pasos de Mateo y la fundación definitiva del centro de salud. Es la historia de cómo el milagro saltó las bardas de San Pedro para enfrentarse a la realidad de las calles de Monterrey.

CAPÍTULO I: El Peso de la Esperanza

La fama es un cuchillo de doble filo, especialmente en una ciudad donde las noticias vuelan más rápido que el viento del desierto. Tras el incidente con la policía y el Dr. Martínez, el nombre de “Tadeo, el niño del milagro” empezó a susurrarse en las paradas de camión, en los mercados y en las salas de espera de los hospitales públicos.

Ricardo Altamirano intentó proteger a Tadeo. Mandó poner guardias en la entrada y prohibió el paso a cualquier periodista. Pero no contaba con el poder de la desesperación.

Una mañana, al abrir los grandes portones de la mansión para salir a su oficina, Ricardo se encontró con una escena que le partió el alma. No había reporteros. Había madres.

Cerca de veinte mujeres, cargando a sus hijos en brazos o en sillas de ruedas destartaladas, estaban sentadas en la banqueta bajo el sol abrasador. Venían de las colonias más bravas: de la Independencia, de la Fama, de Santa Catarina.

—¡Señor Altamirano! —gritó una mujer, acercándose al cristal del Mercedes—. Solo queremos que el niño vea a mi hija. Los doctores me la desahuciaron. ¡Por favor!

Ricardo sintió una opresión en el pecho. Él, que antes veía a esa gente como parte del paisaje urbano, ahora veía en cada una de esas madres el rostro de su propia Jennifer. Sabía lo que era sentir que el mundo se acaba.

—No puedo dejarlas entrar a todas —murmuró Ricardo, bajando la ventanilla—. Esto es una casa, no un hospital.

—Pero aquí vive la esperanza —respondió la mujer con lágrimas en los ojos—. Y la esperanza no tiene barda, patrón.

Esa frase persiguió a Ricardo todo el día. Mientras tanto, en el jardín, Mateo y Tadeo practicaban una nueva rutina de ejercicios. Mateo ya podía mantenerse en pie por varios minutos, sosteniéndose apenas de una barra de madera que Roberto había construido para él.

—Tadeo —dijo Mateo, secándose el sudor—, afuera hay mucha gente esperándote. Los escuché gritar tu nombre.

Tadeo dejó de preparar su mezcla de árnica y tepezcohuite. Su rostro, usualmente alegre, se ensombreció de una manera que no correspondía a sus diez años.

—Tengo miedo, Mateo —confesó Tadeo—. Mi abuela decía que el don es una carga pesada. Si ayudo a uno y a otro no, ¿cómo voy a dormir? Mi abuela atendía a todos en la fila, pero ella era una santa. Yo solo soy un niño que extraña a su abuela.

Mateo tomó la mano de su amigo. Sus manos eran diferentes: una suave y cuidada, la otra llena de pequeñas cicatrices y callos de trabajo. Pero en ese momento, eran una sola.

—No estás solo, Tadeo. Mi papá tiene dinero y tú tienes el don. Si juntamos las dos cosas, nadie se va a quedar fuera.

CAPÍTULO II: La Invitación al Barrio

Esa tarde, Ricardo llegó a casa con una propuesta que cambiaría todo. No iba a esconder a Tadeo; iba a conocer su mundo.

—Roberto —le dijo Ricardo al padre de Tadeo—, mañana es sábado. No quiero que vengan a la mansión. Quiero que nosotros vayamos a su casa. Mateo quiere conocer dónde vive su mejor amigo.

Roberto se puso nervioso. Su casa era una construcción humilde de block y lámina en una de las faldas del Cerro de la Campana. Un lugar donde el lujo era tener agua corriente todo el día.

—Patrón, no es lugar para ustedes —dijo Roberto, apenado—. Allá hay mucho polvo, la subida está difícil y… pues, no es seguro.

—Mateo necesita ver la realidad, Roberto. Y yo también —sentenció Ricardo—. Si vamos a hacer algo grande juntos, tengo que pisar la tierra de donde viene Tadeo.

El sábado por la mañana, la camioneta blindada de Ricardo subió con dificultad por las calles empinadas del cerro. Mateo observaba por la ventana con los ojos muy abiertos. Nunca había visto casas tan juntas, cables de luz enredados como telarañas y niños jugando fútbol con botellas de plástico en calles que eran casi verticales.

Cuando llegaron a la casa de Tadeo, el barrio entero estaba en las calles. La noticia de que “el millonario” venía de visita se había corrido. Pero no hubo hostilidad, solo una curiosidad silenciosa.

La casa de Tadeo era pequeña, pero estaba impecable. En un rincón, había un altar dedicado a la abuela Gracia, lleno de veladoras, flores frescas y fotos viejas. El olor a incienso y hierbas secas era el mismo que ahora impregnaba la mansión de San Pedro.

—¡Bienvenido a mi palacio, Mateo! —bromeó Tadeo, ayudando a su amigo a bajar de la camioneta.

Mateo usaba un andador especial. Con mucho esfuerzo, dio sus primeros pasos en un terreno que no era mármol pulido, sino tierra compactada y piedra.

—Aquí se siente más fuerza, Tadeo —dijo Mateo, respirando el aire cargado de olor a leña y tierra—. Como si el suelo te empujara hacia arriba.

—Es porque aquí la tierra no está tapada con cemento caro —respondió Tadeo—. Aquí la tierra respira con nosotros.

CAPÍTULO III: El Accidente en la Obra

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