CAPÍTULO 4: El Despertar del Dedo Grande
Pasaron dos semanas de visitas diarias. La rutina se había vuelto sagrada. Tadeo llegaba, preparaba su “pócima” —como Mateo la llamaba— y se dedicaba a trabajar. El barrio de San Pedro, con sus coches de lujo y sus bardas altas, empezaba a acostumbrarse a ver al niño de la tina saltando la barda de los Altamirano.
Un viernes, el calor de Monterrey estaba insoportable. Ricardo decidió que era momento de recompensar a Tadeo. Sacó un sobre con una cantidad considerable de billetes de quinientos pesos, suficiente para que Tadeo y su padre no tuvieran que preocuparse por la renta o la comida en meses.
—Tadeo, quiero agradecerte lo que estás haciendo por mi hijo —dijo Ricardo, extendiendo el sobre—. Toma esto. Úsalo para tus estudios, para ayudar a tu papá. Te lo mereces.
Tadeo miró el sobre y luego a Ricardo. Su expresión no fue de alegría, sino de una decepción profunda que hizo que Ricardo se sintiera avergonzado.
—No, señor Ricardo. Guarde su dinero —dijo el niño, retirando sus manos—. Mi abuela me advirtió: “Tadeo, el día que cobres por el don, el don se te va a secar”. Yo no vengo por los billetes. Vengo porque Mateo es mi amigo.
—Pero Tadeo, es mucho dinero… podrías comprarte ropa, juguetes, lo que quieras —insistió Jennifer.
—Tengo lo que necesito, jefa. Tengo a mi papá, tengo mis manos y tengo el recuerdo de mi abuela. Si acepto ese dinero, esto ya no sería un milagro, sería un negocio. Y los negocios no curan el alma.
Roberto, el padre de Tadeo, que había llegado a recogerlo, escuchó la conversación desde la entrada de la terraza. Se acercó con paso lento, quitándose el casco de construcción.
—Déjelo, patrón —dijo Roberto con orgullo—. Mi hijo es terco como una mula cuando se trata de sus principios. Él sabe que aquí en México, el honor vale más que el fajo de billetes. Si él dice que no cobra, es que no cobra.
Ricardo guardó el sobre, sintiéndose el hombre más pobre del mundo a pesar de sus cuentas bancarias. Se dio cuenta de que estaba ante algo que no podía comprar ni controlar.
Ese mismo día, durante la sesión de masaje, ocurrió lo que todos habían estado esperando, pero que nadie se atrevía a pedir en voz alta.
Tadeo estaba presionando un punto específico en la planta del pie derecho de Mateo, justo debajo del dedo gordo. Estaba usando un aceite que olía a eucalipto y algo más que Ricardo no lograba identificar.
—Concéntrate, Mateo —susurraba Tadeo—. Imagina que tu pie es una raíz que quiere romper el cemento. Imagina que quieres patear una piedra que te estorba en el camino. ¡Mándale la orden! ¡Dile que se mueva!
Mateo estaba sudando. Su cara estaba roja por el esfuerzo. Jennifer y Ricardo se tomaron de las manos, conteniendo la respiración. El silencio en el jardín era tan denso que se podía escuchar el vuelo de una abeja.
—¡No puedo, Tadeo! ¡No siento nada! —gritó Mateo, a punto de rendirse.
—¡Sí puedes! ¡No seas rajón! —le contestó Tadeo con la rudeza de un hermano mayor—. ¡Dile a ese dedo que tú mandas!
De repente, una pequeña sacudida. Casi imperceptible. Como el aleteo de una mariposa atrapada.
—¡Se movió! —gritó Jennifer, cayendo de rodillas al pasto—. ¡Ricardo, lo vi! ¡El dedo gordo se movió!
—¡Es cierto! ¡Yo también lo vi! —exclamó Ricardo, con las lágrimas rodando por sus mejillas sin ningún pudor.
Mateo miraba su pie con incredulidad. Volvió a concentrarse. Sus pequeños músculos en la pantorrilla, atrofiados por dos años de inactividad, se tensaron. El dedo gordo del pie derecho se flexionó hacia abajo, apenas un par de milímetros, pero fue un movimiento voluntario, real, innegable.
—¡Lo hice! —gritó Mateo, rompiendo en un llanto de alegría pura—. ¡Tadeo, se movió!
Tadeo no gritó. Solo sonrió, se limpió el sudor de la frente con el antebrazo y asintió con la cabeza, como quien siempre supo que eso pasaría.
—Te dije, carnal. Tus pies solo estaban durmiendo. Ahora ya despertó el jefe de los dedos. Los demás se van a despertar pronto porque no se van a querer quedar atrás en la fiesta.
Esa noche, la mansión Altamirano no fue la misma. Ya no había el silencio sepulcral de la derrota. Había esperanza. Pero mientras ellos celebraban, en el hospital más lujoso de la ciudad, el Dr. Martínez recibía una llamada de la enfermera personal de Mateo, informándole del suceso.
El doctor frunció el ceño. Para él, aquello era un desafío a su autoridad y a todo lo que había estudiado.
—Eso no es posible —murmuró Martínez—. Mañana mismo iré a esa casa. Alguien está engañando a esa familia, y voy a descubrir quién es ese niño charlatán.
El conflicto apenas comenzaba. La batalla entre la ciencia fría y el corazón de la tierra estaba a punto de llegar a su punto más crítico.
CAPÍTULO 5: La Ciencia contra la Fe
La noticia del dedo de Mateo corrió como pólvora. En la mansión, el ambiente era de fiesta, pero en los consultorios de mármol de la zona médica de Monterrey, el escepticismo se convirtió en indignación. El Dr. Martínez, un hombre que medía su éxito por el número de diplomas en su pared y el costo de su reloj, llegó a la mansión sin avisar.
Entró como si fuera el dueño del lugar, con su bata blanca impecable que contrastaba con el polvo del jardín. Ricardo lo recibió en la terraza, justo cuando Tadeo preparaba el agua con romero.
—Ricardo, por favor, dime que esto es una broma —dijo el Dr. Martínez, mirando con asco la tina de aluminio de Tadeo—. Me informaron que este… este niño está practicando curanderismo en mi paciente.
—No es curanderismo, Doctor. Es resultado —respondió Ricardo, manteniendo la calma—. Mi hijo movió el dedo gordo ayer. Usted dijo que eso era imposible.
El doctor soltó una carcajada seca, llena de arrogancia. Se acercó a Mateo y le tomó el pulso con rudeza.
—Mateo, mírame. Lo que sentiste ayer fue un espasmo muscular. Es una reacción refleja, una descarga eléctrica residual de la médula. No es movimiento voluntario. Es biología básica, no magia de barrio.
Tadeo, que estaba arrodillado, levantó la vista. No se veía intimidado por el doctor.
—Con todo respeto, jefazo —intervino Tadeo—, la biología de los libros no sabe lo que Mateo siente por dentro. El dedo no se movió solo; Mateo le dio la orden.
—¡Cállate, niño! —estalló el doctor—. No tienes idea del daño que estás haciendo. Estás alimentando una esperanza que se va a convertir en una depresión clínica cuando se den cuenta de que esto es un fraude. Ricardo, si permites que este niño siga tocando a Mateo, retiro mi nombre del caso.
El silencio fue sepulcral. Jennifer se acercó a Tadeo y le puso una mano en el hombro. Mateo, con los ojos llenos de lágrimas pero con una determinación que nunca antes había mostrado, miró al Dr. Martínez.
—Doctor, si es un espasmo, ¿por qué puedo hacerlo cuando yo quiero? —Mateo se concentró. Su rostro se puso tenso.
Ante los ojos incrédulos del neurólogo, el dedo gordo de Mateo se flexionó una, dos, tres veces. No era un temblor aleatorio. Era una orden ejecutada.
—Es… es una anomalía —balbuceó el doctor, ajustándose los lentes—. Necesito hacerle una resonancia magnética mañana mismo. Debe haber un error en el diagnóstico inicial. No puede ser que un niño con agua y hierbas logre lo que la neurociencia no pudo.
—El error no está en el diagnóstico, Doctor —dijo Ricardo, señalando la salida—. El error está en pensar que usted lo sabe todo. Tadeo se queda. Usted, si quiere, puede esperar los resultados en su consultorio.
El Dr. Martínez salió de la mansión echando chispas. El orgullo de la ciencia había sido herido por una tina de aluminio y un par de manos llenas de fe. Pero Tadeo no celebró. Sabía que lo más difícil estaba por venir.
CAPÍTULO 6: El Primer Paso hacia la Libertad
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