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Voy a lavar tus pies y vas a caminar”: El millonario pensó que era una burla del niño pobre que saltó su barda, pero se le detuvo el corazón al ver cómo terminó la tarde en su jardín de Monterrey. Una historia de fe, hierbas ancestrales y un milagro que la ciencia no pudo explicar.

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CAPÍTULO 6: El Primer Paso hacia la Libertad

A la mañana siguiente, Tadeo no llegó solo. Lo acompañaba una mujer pequeña, de pelo blanco recogido en un chongo perfecto y una piel que parecía un mapa de mil batallas. Era Doña Dorotea, la mejor amiga de su abuela Gracia.

—Ella sabe más que yo —dijo Tadeo con humildad—. Me dijo que para que el árbol crezca, ya no solo hay que regar la raíz, hay que ayudarlo a sostenerse.

Doña Dorotea se acercó a Mateo. No traía bata ni estetoscopio, solo un olor a flores frescas y una mirada que parecía leerte el alma. Le tocó las piernas a Mateo con una suavidad asombrosa.

—Hay vida aquí, chiquito —susurró la anciana—. Pero tus piernas tienen miedo. Tienen miedo de caerse otra vez. Vamos a quitarles el miedo hoy.

Ricardo y Jennifer observaban desde lejos. El plan de hoy era audaz: querían que Mateo intentara ponerse de pie. El miedo de Ricardo era que Mateo fallara y se hundiera emocionalmente.

—Tadeo, ¿no es muy pronto? —preguntó Ricardo con la voz temblorosa.

—Si esperamos a que se sienta seguro, no lo hará nunca, señor —respondió Tadeo—. El momento es cuando el corazón dice que sí, aunque las piernas digan que no.

Prepararon todo. Tadeo colocó la tina a un lado. Doña Dorotea empezó a cantar una canción antigua en náhuatl, una melodía que parecía vibrar en el aire del jardín. Ricardo se colocó detrás de Mateo para sostenerlo por las axilas, y Tadeo se puso enfrente, ofreciéndole sus manos.

—A la de tres, Mateo —dijo Tadeo—. No pienses en tus piernas. Piensa en el cielo. Piensa que quieres alcanzar una rama de ese encino.

—Uno… —contó Jennifer, apretando los puños. —Dos… —Ricardo sintió cómo Mateo tensaba el cuerpo. —¡Tres! —gritó Tadeo con fuerza.

Ricardo levantó a su hijo. Por un segundo, el peso de Mateo cayó totalmente sobre los brazos de su padre. Pero entonces, sucedió lo increíble. Las rodillas de Mateo, que habían estado flácidas por años, se trabaron por un instante.

—¡Estoy… estoy parado! —gritó Mateo. Sus piernas temblaban como gelatina, pero estaban sosteniendo una parte de su peso—. ¡Papá, siento el pasto! ¡Siento la tierra fría bajo mis pies!

Fue un momento que detuvo el tiempo en San Pedro. El millonario, el obrero, la madre culpable y el niño de la calle estaban unidos por un solo milagro. Mateo se sostuvo por cinco segundos antes de colapsar de nuevo en la silla, agotado pero con una sonrisa que iluminaba todo Monterrey.

—Vieron eso… —susurró Mateo, jadeando—. ¡Yo lo hice!

Tadeo le dio un abrazo fraternal, sin importarle las clases sociales ni las distancias.

—Es solo el principio, carnal —dijo Tadeo—. Mañana, vas a dar un paso. Y pasado mañana, vamos a ir por un balón.

Esa tarde, Ricardo llamó a su abogado. Ya no quería una cuenta de ahorros para Tadeo; quería crear algo más grande. Pero el destino le tenía preparada una prueba más. Esa misma noche, una patrulla de la policía llegó a la puerta de la mansión con una orden de inspección.

Alguien había denunciado a Ricardo Altamirano por “negligencia médica y permitir prácticas ilegales de salud con un menor de edad”. El Dr. Martínez no se había quedado con los brazos cruzados. El sistema legal mexicano, frío y burocrático, se interponía ahora entre Mateo y su curación.

CAPÍTULO 7: La Tormenta de Cristal y el Peso de la Ley

El estruendo de las sirenas rompió la paz de la colonia más exclusiva de Monterrey. Tres patrullas de la policía estatal y una camioneta blanca del Ministerio Público se estacionaron frente a los portones de hierro forjado de la mansión Altamirano. Ricardo salió al encuentro, con el rostro endurecido por la rabia. Sabía exactamente quién estaba detrás de este circo.

—Señor Ricardo Altamirano, tenemos una denuncia formal por poner en riesgo la integridad física de un menor y por ejercicio ilegal de la medicina dentro de su propiedad —dijo un oficial, evitando la mirada de Ricardo. Todo el mundo en San Pedro conocía el poder del arquitecto Altamirano, pero una denuncia de salud era un tema delicado.

Detrás de los oficiales, bajó de su Mercedes Benz el Dr. Martínez. Se veía triunfante, con una carpeta bajo el brazo que contenía el historial clínico de Mateo.

—Ricardo, te lo advertí —dijo el doctor con una voz cargada de una falsa compasión—. Estás permitiendo que un charlatán use a tu hijo como experimento de brujería. Esto tiene que terminar por el bien de Mateo.

En el jardín, la situación era de puro terror. Roberto, el padre de Tadeo, se puso pálido. Como hombre trabajador que vivía al día, la sola presencia de una patrulla le recordaba lo frágil que era su seguridad.

—¡Vámonos, Tadeo! —gritó Roberto, tomando a su hijo del brazo—. Te dije que esto iba a salir mal. Los ricos no perdonan, hijo. Vámonos antes de que nos metan al bote.

—¡No, papá! —Tadeo se soltó con una fuerza que nadie esperaba en un niño—. No estoy haciendo nada malo. Mateo es mi amigo y ya casi puede caminar. Si me voy ahora, su miedo le va a ganar a sus piernas.

Mateo, desde su silla de ruedas, veía la escena con una angustia que le hacía vibrar todo el cuerpo. Veía a su amigo siendo acorralado y a su padre enfrentando a la ley. De pronto, la frustración, el cariño por Tadeo y la rabia acumulada durante dos años de parálisis explotaron en su interior.

—¡Déjenlo en paz! —gritó Mateo. Su voz no era la de un niño enfermo; era un rugido—. ¡Él no me está lastimando! ¡Él me devolvió la vida!

El oficial del Ministerio Público se acercó a la silla. —Niño, entendemos que le tengas cariño, pero este jovencito no tiene licencia médica. Lo que hace es peligroso.

—¿Peligroso? —Ricardo se interpuso entre el oficial y su hijo—. Peligroso es ver a un niño de ocho años querer morirse porque ningún doctor con “licencia” le da esperanzas. Peligroso es el orgullo de un hombre que prefiere ver a un paciente inválido antes que admitir que no lo sabe todo.

La discusión subió de tono. Los vecinos empezaban a asomarse por sus balcones. Parecía que el sueño del milagro iba a terminar en una celda o en un escándalo mediático que destrozaría a ambas familias. Fue entonces cuando Jennifer, que había estado observando todo en silencio, se acercó a Tadeo.

—Tadeo —le susurró—, demuéstrales lo que has hecho. No con palabras, sino con lo que mi hijo puede hacer.

Tadeo asintió. Se limpió las lágrimas de la cara con la manga de su playera y caminó hacia Mateo. Los policías intentaron detenerlo, pero Ricardo levantó la mano en un gesto imperativo que los congeló.

—Solo un momento —dijo Ricardo—. Si van a arrestar a alguien, arréstenme a mí. Pero dejen que vean por qué este niño entra a mi casa todos los días.

Tadeo se arrodilló frente a Mateo. No había tina de aluminio esta vez. Solo sus manos y una mirada de una intensidad sobrenatural.

—Mateo, mírame —dijo Tadeo, ignorando a los oficiales, al doctor y a las patrullas—. Se acabó el tiempo de las hierbas y los masajes. Hoy no es por la medicina de mi abuela. Hoy es por ti y por mí. No dejes que se me lleven pensando que soy un mentiroso. ¡Demuéstrales que tus pies ya no están dormidos!

Mateo respiró hondo. El mundo entero parecía haber desaparecido. Ya no escuchaba las sirenas, ni los gritos del Dr. Martínez, ni el llanto de su madre. Solo escuchaba los latidos de su propio corazón y la voz de su amigo.

CAPÍTULO 8: El Vuelo del Águila sobre el Cemento

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