CAPÍTULO 3: El Aroma del Milagro y el Peso del Orgullo
Esa noche, el aroma a romero y ruda parecía haberse quedado impregnado en las paredes de la mansión. Ricardo no podía concentrarse en sus reportes financieros. Por primera vez en años, los números no le importaban. La imagen de Tadeo, arrodillado con su tina abollada frente a la silla de ruedas de Mateo, se repetía en su mente como una película que se niega a terminar.
A la mañana siguiente, Ricardo hizo algo impensable para un hombre de su posición: canceló tres juntas estratégicas con inversionistas extranjeros.
—Diles que surgió una emergencia familiar —le ordenó a su secretaria, quien no salía de su asombro. La “emergencia” era simplemente estar presente cuando el reloj marcara las tres de la tarde.
A la hora exacta, como si tuviera un cronómetro en el alma, Tadeo apareció saltando la barda. Esta vez traía un morral más abultado. Mateo ya lo esperaba en el jardín, bajo la sombra del mismo encino que lo vio caer. La tensión en el aire era palpable, pero Tadeo llegó con la misma sonrisa ligera de siempre.
—¡Buenas tardes, jefecito! —saludó Tadeo a Ricardo, tratándolo con ese respeto natural del pueblo mexicano que no es servilismo, sino educación—. Hoy traje algo especial. Traje pirul y un poco de copal para limpiar el aire. Mi abuela decía que el miedo es como el moho: si no lo quitas, no deja que la vida respire.
Jennifer salió de la casa cargando una charola con limonada fría. Se veía diferente; se había quitado las joyas pesadas y vestía una ropa más sencilla.
—Tadeo, ¿puedo ayudarte hoy? —preguntó ella con timidez.
Tadeo la miró fijamente. En ese momento, no parecía un niño de diez años, sino un viejo sabio atrapado en un cuerpo pequeño.
—Usted ya está ayudando, jefa. Nomás con estar aquí y no llorar cuando lo ve, ya le está mandando fuerza a Mateo. Pero si quiere, puede ayudarme a calentar el agua. No debe hervir, debe estar como cuando uno abraza a alguien que quiere mucho.
Ricardo observaba la escena desde su silla de jardín. Sentía una mezcla extraña de esperanza y escepticismo. Como ingeniero, él creía en las leyes de la física, en la medicina basada en evidencias, en lo que se podía medir. Lo que Tadeo hacía era, a sus ojos, pura superstición. Pero entonces, vio a Mateo.
Su hijo estaba atento, participando. Ya no era el niño pasivo que dejaba que los enfermeros lo movieran como a un muñeco de trapo. Mateo le hacía preguntas a Tadeo sobre su abuela, sobre el barrio donde vivía, sobre cómo sabía qué hierba usar.
—¿Y esa rama para qué es, Tadeo? —preguntó Mateo, señalando el pirul.
—Este es para que la sangre no se atore, para que circule —explicó Tadeo mientras sumergía las piernas de Mateo en el agua turbia por las hierbas—. Mis manos solo son un puente, Mateo. La que hace el trabajo es la fe que le pongas.
De repente, Ricardo sintió la necesidad de hablar. No como el patrón, sino como un hombre que se sentía pequeño ante tanta sencillez.
—Tadeo, ¿por qué haces esto? Podrías estar jugando, o en la escuela, o pidiendo dinero en los semáforos como otros niños de tu zona.
Tadeo se detuvo un momento, con las manos sumergidas en la tina, masajeando los tobillos de Mateo.
—Señor Ricardo, mi papá me enseñó que el trabajo dignifica, pero mi abuela me enseñó que el talento que no se comparte se pudre. Yo vi a Mateo desde la calle un día que pasé con mi papá hacia la obra. Lo vi tan triste que me dolieron mis propios pies. Y pensé: “Si yo tengo el secreto de mi abuela en las manos, y no lo uso para levantar a ese niño, ¿de qué me sirve ser gente?”.
Las palabras del niño golpearon a Ricardo más fuerte que cualquier desplome de la bolsa de valores. Aquel niño, que probablemente no tenía ni para un par de zapatos nuevos, estaba dándole una lección de humanidad a un hombre que podía comprar medio Monterrey.
Esa tarde, algo cambió. Mateo cerró los ojos y, por primera vez en dos años, no fue por dolor o cansancio.
—Siento calor, papá —dijo Mateo de pronto—. No es el calor del agua… es por dentro. Me pican los dedos.
Jennifer soltó un sollozo y se tapó la boca. Ricardo se levantó de un salto.
—¡Es el efecto de las plantas! —explicó Tadeo con calma, sin dejar de masajear—. Se están despertando. Los pies son como las flores en el desierto: parecen muertas hasta que les cae la primera gota de agua.
El ambiente se llenó de un optimismo eléctrico. Sin embargo, la sombra de la realidad científica no tardó en aparecer. El teléfono de Ricardo vibró. Era el Dr. Martínez, el prestigiado neurólogo que llevaba el caso de Mateo.
—Ricardo, tengo los resultados de los últimos estudios de Mateo —dijo el doctor con un tono frío y profesional—. No hay cambios. No quiero que se hagan ilusiones. La parálisis es permanente. El hecho de que diga que “siente calor” es probablemente un efecto placebo o una reacción nerviosa superficial. No pierdan su tiempo.
Ricardo colgó el teléfono y miró a Tadeo. El niño seguía ahí, arrodillado, sudando bajo el sol, ignorante de los diagnósticos científicos, confiando únicamente en lo que sus manos le dictaban.
—¿Qué te dijo el doctor, papá? —preguntó Mateo con esperanza.
Ricardo miró la tina de aluminio, miró las manos callosas de Tadeo y luego los ojos de su hijo.
—Dijo… —Ricardo hizo una pausa, tragándose su propio orgullo—, dijo que sigamos haciendo lo que estamos haciendo, Mateo. Que vas por buen camino.
Mentir nunca fue el estilo de Ricardo, pero en ese momento, la mentira era el único puente hacia la curación.
CAPÍTULO 4: El Despertar del Dedo Grande
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