Ricardo Altamirano observaba desde el ventanal de su despacho, una imponente oficina con paredes de caoba que daban a la zona más exclusiva de San Pedro Garza García. El sol de Monterrey caía a plomo sobre el jardín, un oasis de verde perfecto que le costaba miles de pesos mantener cada mes. Pero su mirada no estaba en los aspersores ni en las buganvilias, sino en la pequeña figura que, por tercer día consecutivo, había violado la seguridad de su mansión.
—¿Te gusta el fútbol? —le preguntó Tadeo a Mateo. —Me encantaba —respondió Mateo con un brillo de nostalgia—. Le iba a los Tigres. —Pues te va a volver a gustar —sentenció Tadeo con una convicción absoluta—. Porque vas a volver a patear un balón. Me cae que sí.
De pronto, un grito rompió la calma. Un hombre de unos cuarenta años, con el uniforme de una constructora local manchado de cal y cemento, apareció saltando la misma barda por la que había entrado el niño.
—¡Tadeo! ¡Chamaco travieso! ¿Qué te he dicho de meterte en casas ajenas? —el hombre se detuvo al ver a Ricardo y Jennifer—. ¡Ay, perdón! ¡Perdón, patrones! Soy Roberto, el papá de este escuincle. Les juro que no es un mal niño, es que se le mete la idea de ayudar y no hay quien lo pare.
Ricardo analizó al hombre. Manos callosas, espalda encorvada por el trabajo pesado, pero ojos honestos. Era uno de esos miles de trabajadores que levantaban los edificios que Ricardo diseñaba, pero a los que nunca se detenía a mirar.
—No se preocupe, Roberto —dijo Ricardo, sorprendiéndose a sí mismo—. Su hijo… su hijo está haciendo algo que ninguno de mis amigos influyentes ha podido hacer. Está haciendo sonreír a mi hijo.
Tadeo terminó de secar los pies de Mateo con una toalla vieja pero impecablemente limpia. Se puso de pie y guardó sus cosas en el morral.
—Mañana vengo a la misma hora —dijo Tadeo—. Mateo, esta noche, antes de dormir, dile a tus piernas que mañana vamos a empezar a entrenar de verdad.
Cuando los Tadeo y su padre se marcharon, un silencio profundo cayó sobre la mansión. Ricardo miró a su hijo y vio que Mateo estaba tocando sus propios pies, algo que no hacía desde el accidente.
—Papá —dijo Mateo—. Tadeo dice que mis pies no están muertos, que solo están durmiendo. ¿Tú crees que sea cierto?
Ricardo miró hacia la barda por donde se había ido el niño de la tina vieja. Por primera vez en dos años, el cinismo del hombre de negocios se rindió ante la esperanza del padre.
—No lo sé, hijo —respondió con un nudo en la garganta—. Pero si él cree, nosotros también vamos a creer.
CAPÍTULO 3: El Aroma del Milagro y el Peso del Orgullo
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