—Han tenido episodios de bronquitis. Uno pesa menos de lo normal para su edad. Lucía rechaza mendigar. Juntaba reciclables para vender y completar la leche.
La oficina se volvió insoportablemente pequeña.
Emiliano se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
—Llévame con ella.
Ignacio levantó la mano.
—Todavía no.
—¡Ahora!
—No, si quieres alguna posibilidad de que te escuche.
La frase lo frenó.
Ignacio se acercó despacio.
—Piénsalo. Si apareces de pronto con tu coche, tus escoltas y tu dinero, ella puede creer que vienes a quitarle a los niños o a terminar de aplastarla. No después de lo que hiciste. Hay que llegar bien. Limpio. Sin Valeria cerca. Sin abogados agresivos. Sin cámaras. Y sobre todo, con la verdad completa en la mano.
Emiliano respiró con dificultad.
—Entonces completa todo.
—Ya empecé. Pero tú también tienes que hacer algo.
—Lo que sea.
Ignacio lo miró sin pestañear.
—Deja de proteger a Valeria por costumbre. Mientras hablamos, seguro ella ya sospecha que algo cambió. Si quieres justicia, tendrás que aceptar que la guerra será pública y sucia.
Emiliano se enderezó. Bajo la devastación, algo más duro comenzaba a crecer. No orgullo, sino una claridad helada.
—Que sea pública —dijo.
Ese mismo día ordenó una auditoría interna forense sobre todas las cuentas personales y patrimoniales que, durante el último año, habían tenido acceso indirecto a su entorno doméstico. También llamó a tres miembros independientes del consejo de administración, hombres y mujeres cuya lealtad no estaba comprada por la familia Montaño, y les notificó que existía una posible operación de fraude y extorsión alrededor de su persona.
No dio nombres por teléfono.
Solo convocó una reunión privada para la noche.
Valeria, como era de esperar, comenzó a bombardearlo de mensajes desde media tarde.
¿Dónde estás?
¿Por qué no llegaste a la comida con mi madre?
Mi amor, me preocupa que sigas afectado por esa aparición asquerosa de la carretera.
No estarás pensando tonterías por culpa de esa vividora, ¿verdad?
Él no respondió.
A las seis, ella apareció en la oficina sin avisar.
Entró perfumada, impecable, vestida de blanco marfil, como una reina segura de su territorio. Pero en cuanto vio el rostro de Emiliano comprendió que algo no estaba igual.
—¿Qué pasó? —preguntó cerrando la puerta detrás de sí—. Pareces un muerto.
Emiliano estaba junto al ventanal, las manos en los bolsillos.
—Vi a Lucía con dos bebés.
Valeria parpadeó apenas.
—Sí, una escena lamentable. Ya deberías olvidarla.
—Son míos.
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