La sonrisa de Valeria se tensó un segundo, casi imperceptible.
—No digas ridiculeces. Esa mujer es capaz de cualquier cosa para manipularte.
—¿Ah, sí?
Él se giró lentamente.
Había algo en su mirada que Valeria no le conocía.
No era deseo.
No era indulgencia.
No era irritación pasajera.
Era juicio.
—Emiliano —dijo ella, adoptando de inmediato un tono suave—, estás sensible. Ella te vio, supo que podía usar a esos niños para hacerte sentir culpable. No sabemos de quién son. Ni siquiera…
—Cállate.
La palabra cayó como piedra.
Valeria se quedó inmóvil.
—No vuelvas a nombrarla —continuó él— sin respeto.
Los ojos de Valeria se estrecharon. Entonces dejó caer la máscara dulce.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a hacerte el héroe? ¿Después de todo lo que esa zorra te hizo?
Emiliano caminó hasta el escritorio, abrió un cajón y sacó las copias impresas de las transferencias rastreadas, la sociedad pantalla, los registros de llamadas bloqueadas y la declaración de la mucama.
Los fue dejando uno por uno frente a ella.
Valeria no tocó ningún papel. Pero el color se le drenó del rostro.
—¿Qué es esto? —susurró.
—El principio de tu final.
Ella retrocedió un paso.
—No tienes pruebas de nada.
—Tengo suficientes para enterrarte en tribunales, y suficientes más llegarán antes de que amanezca.
Valeria soltó una risa breve, aguda, desesperada.
—¿Y tú qué vas a hacer? ¿Confesarle al país que arrastraste a tu esposa embarazada fuera de su casa por culpa de un berrinche? ¿Contarle a tus socios que un par de lágrimas y unas fotos borrosas bastaron para convertirte en verdugo? Tú caes conmigo, Emiliano.
Él asintió lentamente.
—Lo sé.
Eso pareció desconcertarla más que cualquier amenaza.
Valeria esperaba negación, maquillaje, acuerdos secretos, pagos en la sombra.
No esperaba un hombre dispuesto a hundirse con tal de corregir lo irreparable.
—Estás loco —murmuró.
—No. Tarde, pero no loco.
Valeria dio otro paso atrás, ya calculando escape.
—Mi padre no va a permitir…
—Tu padre no decidirá lo que pase a partir de hoy.
Presionó un botón bajo el escritorio.
La puerta se abrió de inmediato.
Entraron Ignacio y dos abogados del grupo corporativo.
Valeria giró sobre sí misma, furiosa.
—¡¿Qué significa esto?!
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»